“Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado.” Con estas hermosas palabras alentó Jesús el ánimo de una pobre enferma que, llena de vergüenza y sobreponiéndose a ella, se acercó a tocar el ruedo de la túnica de Jesús con confianza y esperanza cierta de sanar a su contacto. Y Jesús hizo un milagro y la sanó…
Otro milagro narra hoy el Evangelio: la resurrección de la hija de Jairo, de unos doce años. Este pobre padre, atribulado y angustiado, acude a Jesús, y el bondadoso Maestro, que impera al viento y al mar, a las enfermedades y a los demonios, se rinde como impotente ante las lágrimas de un padre.
Debemos llenarnos de grande confianza en el Señor y fomentarla en nuestro corazón, pues ella robustece el ánimo, enriquece de gracia y dilata el corazón con la esperanza.
Esta confianza en Dios no es vana, porque supone la desconfianza propia, se funda en la humildad, en nuestra pequeñez, y se apoya en la misericordia, bondad y omnipotencia divina, no en nuestros méritos. Por eso crece en los trabajos y adversidades, y cuanto menos remedio hay en lo humano, más se espera en los divinos, tal ha sido la disposición interior de los santos.
Día 19 de Noviembre, Santa Isabel de Hungría, Viuda.
Hija del rey de Hungría, fue dada por esposa Luís IV de Turingia, siendo todavía casi una niña. Su esposo Luís, era un joven de alma muy noble y santa, con lo que formaron los dos, que se amaban muchísimo, el ideal del matrimonio cristiano. Tuvo un hijo varón y tres hijas. Amaba a los pobres y los socorría con sus bienes; más de una vez dejó vacíos los depósitos del castillo y llegó a despojarse a sí misma del manto real, de la diadema y de los collares de perlas. Hija suya fue Santa Gertrudis de Turingia. Muerto su esposo en la V Cruzada, sufrió la humillación de verse arrojada con sus hijos de su propio palacio por un hermano del marido difunto, sin dejarle llevar nada, siendo la menor de las criaturas de pocas semanas. Con su niña en brazos y llevando de la mano a los otros, hubo de mendigar un año de puerta en puerta sin que osaran a recogerla por miedo al usurpador. Restablecidas las cosas al volver los caballeros que acompañaban a su marido, se hizo terciaria franciscana y murió a los 24 años de edad, atendiendo a los pobres y a los leprosos. Era el año 1231.



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