martes, 3 de febrero de 2026

Dom Gueranger: El Tiempo de Septuagésima

    




EL TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA


El Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger



CAPÍTULO I

HISTORIA DEL TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA


Su Importancia 

El tiempo de Septuagésima abarca las tres semanas que preceden inmediatamente a la Cuaresma. Constituye una de las principales divisiones del Año Litúrgico, y se desarrolla en tres secciones semanales, de las que la primera se llama propiamente Septuagésima, la segunda Sexagésima y la tercera Quincuagésima.

Es evidente que estos nombres expresan mera relación numérica con la palabra Cuadragésima de la que se deriva la palabra española Cuaresma. Ahora bien, la palabra Cuadragésima señala la serie de cuarenta días que hay que recorrer para llegar a la solemnidad de la Pascua. Las "palabras Quincuagésima, Sexagésima y Septuagésima nos anuncian la misma solemnidad en una lejanía más acentuada; mas no por eso la Pascua deja de ser el gran asunto que empieza a considerar la Santa Madre Iglesia y que ésta propone a sus hijos como fin a que desde luego han de enderezar todos sus deseos y esfuerzos.

Exige, pues, la Pascua como preparación cuarenta días de recogimiento y penitencia; este tiempo es la palanca más potente de que echa mano la Iglesia para remover en el corazón y en el espíritu de los fieles el vivo sentimiento de su vocación. Asunto de capital importancia para ellos es no dejar que este período de gracias transcurra sin provecho en el mejoramiento, en la renovación de toda su vida. Era, por tanto, conveniente disponerlos a este tiempo de salud, ya de suyo una preparación, a fin de que, amortiguándose poco a poco en sus corazones las algazaras mundanales, escuchasen con atención el grave aviso que la misma Iglesia les dará al imponerles la ceniza en la cabeza.


Origen

La historia de la Septuagésima se halla íntimamente ligada con la de Cuaresma. En efecto, en pleno siglo v, la Cuaresma comenzaba el domingo VI antes de Pascua (actual domingo I de Cuaresma), y comprendía los cuarenta días finalizados el Jueves Santo, considerado en la antigüedad cristiana como el primer día del Misterio Pascual. No se ayunaba el domingo; y, por consiguiente, no había, hablando con exactitud, más que 34 días de ayuno efectivo (.36 con el Viernes y Sábado Santo). El deseo de imitar el ayuno del Señor, indujo a algunas almas más fervorosas a comenzarle algunos días antes.


Quincuagésima

Vemos aparecer por primera vez esta observancia completa en el siglo V. San Máximo de Turín, en su Sermón 26 predicado hacia el año 451, la reprueba y advierte que la Cuaresma empieza el domingo de Cuadragésima; pero en el Sermón 36 del año 465 la autoriza, considerándola muy generalizada entre los fieles.

En el siglo VI escribe San Cesáreo de Arlés, en su Regla a las Vírgenes, que se ha de empezar el ayuno una semana antes de la. Cuaresma. Desde entonces, pues, existe la Quincuagésima, al menos en los monasterios. El primer concilio de Orleans, celebrado el año 511, ordena que antes de Pascua observen los fieles la Cuadragésima y no la Quincuagésima, a fin de "mantener, dice el canon 26, la unidad de los usos". Los concilios de Orange, de 511 y 541 respectivamente, censuran el mismo abuso y prohiben ayunar antes de Cuadragésima. Hacia el año 520 señala el autor del Líber Pontificalis la costumbre de anticipar una semana la Cuaresma; mas parece que esta costumbre estaba aún poco extendida.


Sexagésima

Pronto se amplió el período consagrado al ayuno, y una nueva semana vino a sumarse a la Quincuagésima. Hallamos menclonada por primera vez la Sexagésima en la Regla de San Cesáreo para Monjes, antes de 542. El IV concilio de Orleans, en 541, la menciona en son de defensa del ayuno anticipado.

lunes, 2 de febrero de 2026

Per Ipsum: Boletín Mensual del Seminario Mater Dei mes de Febrero

Dom Gueranger: La Purificación de la Santísima Virgen María

  



LA PURIFICACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger



Han pasado por fin los cuarenta días de la Purificación de María, y h a llegado el momento de subir al Templo del Señor para presentar en él a Jesús. Antes de seguir al Hijo y a la Madre en este viaje a Jerusalén, detengámonos todavía un momento en Belén, y meditemos con amor y docilidad los misterios que van a realizarse.


LA LEY DE MOISÉS 

La Ley del Señor mandaba que las mujeres de Israel, después de su alumbramiento, permaneciesen cuarenta días sin acercarse al templo; terminado este plazo, debían ofrecer un sacrificio para quedar purificadas. Consistía éste en un cordero, destinado a ser consumido en holocausto; a él debía juntarse una tórtola o una paloma, ofrecidas por el pecado. Y si la madre era tan pobre que no podía disponer de un cordero, había permitido el Señor que lo reemplazase por otra tórtola u otra paloma.

Otro precepto divino declaraba propiedad del Señor a todos los primogénitos, y ordenaba la manera de rescatarlos. El precio del rescate eran cinco siclos, que en el peso del santuario, representaban cada uno veinte óbolos.


OBEDIENCIA DE JESÚS Y DE MARÍA

María, hija de Israel, había dado a luz; Jesús era su primogénito, ¿Permitiría que cumpliese la Ley, el respeto debido a tal nacimiento y a tal primogénito?

Si consideraba María las razones que habían movido al Señor a obligar a las madres a purificarse, podía ver claramente que aquella ley no rezaba con ella, ¿qué relación podía tener con las esposas de los hombres la que era santuario purísimo del Espíritu Santo, Virgen al concebir a su Hijo, Virgen en su inefable alumbramiento, siempre pura, pero más pura aún después de haber llevado en su seno y haber dado al mundo al Dios de la santidad? Si miraba la condición de su Hijo, aquella majestad del Creador y del soberano Señor de todas las cosas, que se había dignado nacer de ella, ¿cómo había de pensar que semejante Hijo pudiera estar sujeto a la humillación del rescate, como un esclavo que no se pertenece a sí mismo?

Con todo eso, el Espíritu que moraba en María, le revela que debe cumplir con este doble precepto. Es necesario, a pesar de su dignidad de Madre de Dios, que se mezcle con la multitud de las madres ordinarias que acuden al Templo, para recobrar en él, con un sacrificio, la pureza perdida. Además el Hijo de Dios e Hijo del hombre debe ser considerado en todo como un siervo; es preciso que sea rescatado a este título, como el título de los hijos de Israel. María adora profundamente esta soberana voluntad y se somete a ella de todo corazón.

Los designios del Altísimo habían determinado que el Hijo de Dios no se revelara a su pueblo sino por grados. Después de treinta años de vida oculta en Nazaret, donde como dice el Evangelista, era tenido como hijo de José, un gran Profeta debía anunciarle a los Judíos llegados al Jordán para recibir en él el bautismo de penitencia. Pronto sus obras y milagros darían testimonio de El. Después de las afrentas de su Pasión, resucitaría glorioso, confirmando de este modo la verdad de sus profecías, la eficacia de su Sacrificio, y también su propia divinidad. Hasta entonces casi todos los hombres ignoraban que la tierra poseía a su Salvador y a su Dios. Los pastores de Belén no habían recibido orden, como más tarde los pescadores de Genesaret, de llevar la Buena Nueva hasta las extremidades de la tierra; los Magos habían vuelto a Oriente, sin pasar por Jerusalén, conmovida un momento con su llegada. Semejantes prodigios, que tanta trascendencia tuvieron para la Iglesia después de realizada la misión de su Divino Jefe, no habían hallado eco, ni fiel recuerdo, sino en el corazón del algunos verdaderos Israelitas que esperaban la salvación por medio de un Mesías pobre y humilde; el Nacimiento de Jesús en Belén debía permanecer ignorado de la mayor parte de los Judíos, pues los Profetas habían anunciado que se le llamaría Nazareno.

El plan divino había exigido que María fuese la Esposa de José, como amparo de su virginidad a los ojos del pueblo; exigía también que esta purísima Madre acudiese como las demás mujeres de Israel a ofrecer el sacrificio de la purificación, por el nacimiento del Hijo, que debía ser presentado en el templo como hijo de María, la esposa de José. De este modo se complace la divina Sabiduría en manifestar que sus pensamientos no son nuestros pensamientos, y echa por tierra nuestros vanos prejuicios, en espera del día en que descorra el velo y se muestre a las claras a nuestros maravillados ojos.

María acató amorosamente la voluntad divina en ésta como en las demás circunstancias de su vida. No pensó la Santísima Virgen que obraba contra la honra de su hijo, ni contra el mérito de su propia integridad, al acudir en busca de una externa purificación que no necesitaba. En el Templo, fué la esclava del Señor, como lo había sido en su casita de Nazaret, cuando la visita del Ángel. Obedece a la Ley, porque las apariencias la declaran sujeta a ella. Su Dios y su Hijo sometíase al rescate como el último de los hombres; había obedecido ya al edicto de Augusto para el censo universal; debía ser "obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" la Madre y el Niño humilláronse al mismo tiempo; y el orgullo del hombre recibió este día una de las más grandes lecciones que se le han dado.


EL VIAJE

¡Admirable viaje el de María y José, desde Belén a Jerusalén! Va el divino Niño en brazos de su Madre, quien le aprieta contra su corazón a través de todo el trayecto. El cielo, la tierra, la naturaleza entera quedan santificados por la dulce presencia de su Creador. Los hombres por entre quienes pasa aquella madre cargada con t a n tierno fruto, la consideran unos con indiferencia, otros con simpatía, pero ninguno sospecha siquiera, el misterio que ha de salvarlos a todos.

domingo, 1 de febrero de 2026

Sermón Domingo de Septuagésima

Sermón

S. E. R. Pío Espina Leupold


Lección

Hermanos: ¿No sabéis que, los que corren en el estadio, corren todos, ciertamente, pero sólo uno recibe el premio? Corred de modo que lo ganéis. Y, todo el que lucha en la palestra, se abstiene de todo: y ellos, para alcanzar ciertamente una corona corruptible; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Yo también corro, pero no a la ventura; lucho, pero no como si azotara al aire; sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que, habiendo predicado a los demás, sea yo mismo hallado réprobo. Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres caminaron todos bajo la nube; y pasaron todos el mar; y fueron bautizados todos por Moisés en la nube y en el mar; y todos comieron el mismo manjar espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual (porque bebían de la piedra espiritual que los seguía, y esta piedra era Cristo): pero muchos de ellos no agradaron a Dios.

Corintios IX, 24-27; X, 1-5


 Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El reino de los cielos es semejante a un padre de familias, que salió de madrugada a contratar obreros para su viña. Y, hecho el convenio con los obreros por un denario al día, les envió a su viña. Y, saliendo cerca de la hora tercia, vio a otros, que estaban ociosos en la plaza, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que fuere justo. Y ellos se fueron. Y salió de nuevo cerca de las horas sexta y nona: e hizo lo mismo. Salió aún cerca de la hora undécima, y encontró a otros parados, y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día, ociosos? Dijéronle: Porque nadie nos ha ajustado. Díjoles: Id también vosotros a mi viña. Y, cuando llegó la tarde, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: Llama a los obreros y dales la paga, comenzando desde los últimos hasta los primeros. Cuando se presentaron pues, los llegados a la undécima hora, recibieron cada uno un denario. Al llegar los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron cada cual un denario. Y, al recibirlo, murmuraban contra el padre de familias, diciendo: Estos postreros sólo han trabajado una hora, y los has igualado a nosotros, que, hemos llevado la carga y el calor del día. Mas él, respondiendo a uno de ellos, dijo: Amigo, no te hago agravio: ¿no conveniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar también a este último lo mismo que a ti. ¿O es que no puedo hacer lo que quiera? ¿Acaso es malo tu ojo, porque yo soy bueno? Así los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.

San Mateo XX,1-16


sábado, 31 de enero de 2026

Dom Gueranger: Domingo de Septuagésima




DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA

Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


EL PECADO Y SUS CONSECUENCIAS

La Santa Madre Iglesia nos convoca hoy para recordar juntos con ella el relato de la caída de nuestro primer padre. Semejante desastre nos hace presentir el desenlace de la vida mortal del Hijo de Dios hecho hombre, que se dignó hacerse cargo de expiar personalmente la prevaricación del principio y todos los desmanes que después se han ido acumulando. Para poder apreciar la grandeza del remedio, es menester sondear la llaga. Se empleará la presente semana en meditar la gravedad del primer pecado y la secuela toda de desventuras que acarreó al linaje humano.

En otros tiempos, hoy leía la Iglesia en el oficio de Maitines, el relato con que Moisés instruyó a todas las generaciones humanas sobre este catastrófico episodio. La actual disposición de la liturgia no nos da esta lectura hasta el miércoles de la semana, habiendo destinado los días precedentes al relato de los seis días de la creación. Mas nosotros daremos desde hoy lugar a esta importantísima lectura, como fundamento de las enseñanzas de la semana.


DEL LIBRO DEL GENESIS (III, 1-19)

La serpiente, el más astuto de cuantos animales del campo hizo Yavé Dios, dijo a la mujer: ¿Con que os ha mandado Dios que no comáis de los árboles todos del paraíso? Y respondió la mujer a la serpiente: Del fruto de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir. Y dijo la serpiente a la mujer: No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal. Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría, y cogió de su fruto y comió y dio también de él a su marido, que también comió. Y abriéronse los ojos de ambos.

viernes, 30 de enero de 2026

Boletín Dominical 1 de febrero



Tiempo de Septuagésima

Día 1 de Febrero, Domingo de Septuagésima

Doble de II clase. Conm. San Ignacio, Obispo y Mártir. Orn. Violetas.


Da Misa de hoy sigue un paralelo con el Breviario, el cual nos habla de la creación del mundo y del hombre, de la caída de éste seguida de la promesa del Redentor. Dios puso al hombre en un jardín delicioso para que lo cultivase y gozase, dice el Génesis, y el Evangelio de hoy nos dice que “el reino de los cielos es semejante a un padre de familia que contrató obreros para cultivar su viña”. Dice San Gregorio que en este padre de familia está representado Dios nuestro Creador, y en la viña está representada la Iglesia. En todas las edades de la vida nos invita el Señor a trabajar en su viña, o sea a glorificar a Dios, a obrar el bien, a santificarnos, y premiará nuestros trabajos con el jornal de la gloria eterna. Pero la gracia de Dios se comunica a algunos con especial profusión por pura dignación de Dios, que es dueño de sus dones.

No es dable investigar y preguntar a Dios por qué a unos da más y a otros menos; lo que nos toca a nosotros es disponernos de tal modo que atraigamos sobre nosotros la benevolencia y misericordias de Dios. Lo demás queda a Él.




Día 2 de Febrero,
La Purificación de la Santísima Virgen María.

La ley de Moisés mandaba que todo hijo primogénito fuese ofrecido a Dios; si pertenecía a la tribu de Leví, quedaba adscrito al servicio del Templo; si era de otra tribu había que rescatarlo con cinco siclos de plata. 

También estaba escrito que toda mujer, al ser madre de un varón, contraía impureza legal por 40 días, transcurridos los cuales debía ofrecer en sacrificio expiatorio un corderillo en acción de gracias por su feliz alumbramiento, y un pichón o una tórtola para expiación del pecado, más si eran pobres, habían de dar dos pichones o tórtolas. 

La Virgen María, Madre de Dios, la más santa de las mujeres, aquella que jamás contrajo la menor mancha, no estaba obligada a estas leyes, porque habiendo concebido por obra del Espíritu Santo, y siendo madre sin dejar de ser virgen, no tenía necesidad de purificarse. Pero por humildad y por no revelar los misterios divinos quiso sujetarse voluntariamente a ellas y hoy va al templo la Sagrada Familia a presentar a Jesús y a dar un par de palominos para la purificación legal de María.



domingo, 25 de enero de 2026

Sermón Domingo Tercero después de Epifanía

Sermón

S. E. R. Pío Espina Leupold


Lección 

Hermanos: No os tengáis vosotros mismos por sabios, no devolváis a nadie mal por mal; haced el bien, no sólo ante Dios, sino también ante todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, tened paz con todos los hombres; no os venguéis, carísimos, sino dad lugar a que se pase la ira: porque escrito está: Mía es la venganza; Yo pagaré, dice el Señor. Así que si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Porque obrando así, amontonarás sobre su cabeza carbones de fuego. No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien.

Romanos, XII, 16-21



Evangelio

En aquel tiempo, habiendo bajado Jesús del monte, lo siguieron grandes multitudes; y he aquí que un leproso, acercándose, lo adoró, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, alargando su mano, lo tocó, diciendo: Quiero, sé limpio. Y al instante quedó curado de su lepra. Y Jesús le dijo: Mira que no lo digas a nadie; pero ve a presentarte al Sacerdote y ofrece el don que Moisés ordenó para que les sirva de testimonio. Y al entrar en Cafarnaum le salió al encuentro un centurión, y le rogaba diciendo: Señor, un criado mío está postrado en mi casa, paralítico, y padece muchísimo. Le dice Jesús: Yo iré, y le curaré. Y replicó el centurión: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero mándalo con tu palabra y quedará curado mi criado. Pues aún yo, que no soy más que un hombre sujeto a otros, como tengo soldados a mi mando, digo al uno: marcha, y él marcha; y al otro: ven, y viene; y a mi criado: haz esto, y lo hace. Al oír esto Jesús, mostró gran admiración, y dijo a los que lo seguían: En verdad os digo, que ni aún en medio de Israel he hallado fe tan grande. Así yo os declaro que vendrán muchos del Oriente y del Occidente, y estarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mientras que los hijos del reino serán echados fuera a las tinieblas; allí será el llanto y el crujir de dientes. Y dijo al centurión: Vete, y te suceda conforme has creído; y en aquella hora sanó el criado.

San Mateo, VIII, 1-13