sábado, 6 de junio de 2026

Dom Gueranger: Domingo Segundo después de Pentecostés




DOMINGO II DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

(Antiguo Domingo de la Infraoctava del Corpus)


Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger



LA EUCARISTÍA SACRIFICIO PERFECTO


NOCIÓN DEL SACRIFICIO

La Eucaristía tiene por objeto principal la aplicación incesante del Sacrificio del Calvario; es, pues, necesario considerar este sacrificio del Hombre-Dios en si mismo, a fin de admirar mejor la maravillosa continuación que se hace en la Iglesia. Conviene para esto precisar primeramente la noción general de Sacrificio. 

Dios tiene derecho al homenaje de su criatura. Si los reyes y señores de la tierra tienen derecho a exigir de sus vasallos el reconocimiento solemne de su soberanía, el dominio supremo del primer Ser, causa primera y fin último de todas las cosas, lo impone con más justo título a los seres llamados de la nada por su omnipotente bondad. Y, del mismo modo que por el censo que le acompañaba, el homenaje de siervos y vasallos llevaba, con la confesión de su sujeción, la declaración efectiva de bienes y derechos que reconocían tener de su Señor; del mismo modo, el acto por el que la criatura se humilla ante su criador, deberá manifestar suficientemente, por sí mismo, que le reconoce como Señor de todas las cosas y autor de la vida.

Mas puede suceder que la criatura, por su propia acción, tenga dada contra ella, a la justicia de Dios, derechos de otro modo temibles que los de su omnipotencia y bondad. La misericordia divina puede entonces, es cierto, suspender o conmutar la ejecución de las venganzas del supremo Señor; pero el homenaje del ser creado, hecho pecador, no será ya completo sino con la condición de expresar en adelante, con su dependencia de criatura, la confesión de su falta y de la justicia del castigo incurrido por la transgresión de los preceptos divinos; la oblación suplicante del esclavo rebelado deberá mostrar, por su naturaleza, que Dios no es solamente el autor de la vida sino el Arbitro de la muerte.

Esta es la verdadera noción del Sacrificio, así llamado porque separa de la multitud de seres de igual naturaleza y hace sagrada la ofrenda por la que se expresa: oblación interior y puramente espiritual en los espíritus libres de lo material; oblación espiritual y sensible a la vez para el hombre, que, compuesto de alma y cuerpo, debe homenaje a Dios por uno y otro. El sacrificio no puede ofrecerse más que a Dios solo; y la religión, que tiene por objeto el culto debido al Señor, no encuentra más que en él su expresión última.


UNIDAD DE LA CREACIÓN EN DIOS

Por el sacrificio Dios alcanza el fin que se propuso en la creación: su propia gloria1. Mas para que se elevase del mundo hacia su Creador un homenaje que representase la medida de sus dones, hacía falta un jefe que representase al mundo entero en su persona, y que, disponiendo de él como de bien propio, le ofreciese al Señor en toda su plenitud consigo mismo. Pero Dios dispone las cosas de modo más admirable aún: dándole por jefe a su Hijo revestido de nuestra naturaleza, hace que el homenaje de esta naturaleza inferior, revistiendo la dignidad de la persona, el honor rendido sea verdaderamente digno de la Majestad suprema.

¡Maravillosa coronación de la obra creadora! La gloria inmensa que rinde al Padre el Verbo encarnado, ha unido a Dios y a la criatura, tan distantes uno de otro; y rebosa sobre el mundo en abundante gracia que acaba por llenar el abismo. El Sacrificio del Hijo del Hombre llega a ser la base y razón del orden sobrenatural, en el cielo y en la tierra. Como objeto primero y principal del decreto de la creación, salieron de la. nada para Cristo, a la voz del Padre, los diversos grados del ser espiritual y material, llamados a formar su palacio y corte: así también en el orden de la gracia, él es verdaderamente el hombre, el Predilecto. El espíritu de amor se esparcirá de este único predilecto, de la Cabeza, sobre todos sus miembros, comunicando sin medida la verdadera vida y el ser sobrenatural a aquellos que Cristo llama a participar de su divina sustancia en el banquete del amor. Porque a continuación de la Cabeza vendrán los miembros, uniendo al suyo su homenaje; y este homenaje, que de por sí hubiera permanecido por debajo de la Majestad infinita, recibirá, por su incorporación al Verbo encarnado en el acto de su Sacrificio, la dignidad de Cristo mismo.

viernes, 5 de junio de 2026

Boletín Dominical 7 de junio


Día 7 de Junio, Domingo II después de Pentecostés

Doble. Orn. Verdes.

(El antiguo domingo infraoctava de Corpus Christi)

El Evangelio de hoy nos habla de la gran cena o del gran banquete que hizo un hombre rico y poderoso y al cual invitó a numerosos comensales. Hermosa y significativa es la parábola de hoy la cual es imagen o figura del banquete eucarístico al cual invita Dios a todos los fieles. Y sin embargo, como en la parábola, muchos s e excusan de asistir, presos en las redes de las preocupaciones mundanas y terrenas, que no les deja pensar en los intereses del alma. Languidece ésta por dar demasiadas satisfacciones al cuerpo, y no asisten al banquete al que Dios les invita para enriquecerlos con su gracia. Dejan a Dios por seguir tras sus concupiscencias. Acerquémonos, pues, a éste divino convite lo más devota y frecuentemente que nos sea posible, y no busquemos excusas para apartarnos de él. 

Porque la Eucaristía es, con toda verdad, una gran cena, un banquete esplendido, un convite divino. ¿Cuáles son los manjares y vinos que en este convite se sirven? Acaba de inmolarse en el Santo Sacrificio de la Misa el Cordero de Dios, acaba de ser místicamente derramada su sangre inmaculada; y allí están sobre la mesa sagrada las carnes del Cordero de Dios bajo la figura de de pan, la sangre de la Victima bajo la especie de vino: pan y vino puestos a disposición del pueblo fiel que quiera nutrirse con la carne del Cordero Divino, y regenerarse con su Sangre generosa. Pan verdadero, pan del Cielo, pan de vida, pan de Dios. Sin embargo, ¡cuántos hay que se retraen de éste convite y menosprecian este Pan! Como los invitados de la parábola: que, por pereza, por atender negocios o placeres, dejan la invitación.





14 de Junio, San Basilio el Grande
Obispo, confesor y doctor.
Es uno de los de los cuatro grandes doctores de la Iglesia Oriental. Nació en Cesárea de Capadocia. Estudió en Constantinopla y en Atenas, donde tuvo por condiscípulo a su íntimo amigo San Gregorio de Nacianzo. Renunciando al mundo abrazó la vida monacal, y escribió la famosa regla por la que se han regido desde entonces los monjes de Oriente y organizado la vida monástica. Con gran sentimiento suyo fue creado Obispo de Cesárea, en vano se resistió y empeñó en ocultarse. Combatió contra los arrianos que negaban la divinidad de Cristo y contra el error de Macedonio, desarrollando sólidamente el dogma católico sobre el Espíritu Santo. Murió en 379.






jueves, 4 de junio de 2026

Per Ipsum: Boletín Mensual del Seminario Mater Dei mes de Junio

Dom Gueranger La Fiesta del Corpus Christi

     






FIESTA DEL CORPUS CHRISTI

Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger



El Santísimo Sacramento en el Centro de la Liturgia

La luz del Espíritu Santo, que vino a aumentar en la Iglesia la inteligencia siempre viviente del misterio de la augusta Trinidad, la lleva a contemplar en seguida esta otra maravilla que concentra ella misma todas las operaciones del Verbo encarnado, y nos conduce desde esta vida a la unión divina. El misterio de la Sagrada Eucaristía va a aparecer en todo su esplendor, y es importante disponer los ojos de nuestra alma para recibir saludablemente la irradiación que nos aguarda. Lo mismo que no hemos estado nunca sin la noción del misterio de la Santísima Trinidad, y que nuestros homenajes se dirigen siempre a ella; así también la Sagrada Eucaristía no ha dejado de acompañarnos en todo el curso de este año litúrgico, ya como medio de rendir nuestros homenajes a la suprema Majestad, ya como alimento de la vida sobrenatural. Podemos decir que estos dos inefables misterios nos son conocidos y que los amamos; pero las gracias de Pentecostés nos han abierto una nueva entrada en lo más íntimo que tienen; y, si el primero nos pareció ayer rodeado de los rayos de una luz más viva, el segundo va a brillar para nosotros con un resplanidor que los ojos de nuestra alma nunca habían recibido.

Siendo la Santísima Trinidad, como hemos hecho ver, el objeto esencial de toda la religión, el centro a que vienen a parar todos nuestros homenajes, aun cuando parezca que no llevamos una intención inmediata, se puede decir también que la Sagrada Eucaristía es el más precioso medio de dar a Dios el culto que le es debido, y por ella se une la tierra con el cielo. Es, pues, fácil, penetrar la razón del retraso que la Iglesia tuvo en la institución de las dos solemnidades que suceden inmediatamente a la de Pentecostés. Todos los misterios que hemos celebrado hasta aquí, estaban contenidos en el augusto Sacramento, que es el memorial y como el resumen de las maravillas que el Señor hizo por nosotros1. La realidad de la presencia de Cristo bajo las especies sacramentales, hizo que en la Hostia reconociésemos en Navidad al Niño que nos nació; en Pasión, la víctima que nos rescató; en Pascua, al vencedor de la muerte. No podíamos celebrar todos estos misterios sin apelar en nuestro socorro al inmortal Sacrificio, y no podía ser ofrecido, sin renovarlos ni reproducirlos.

Las fiestas mismas de la Santísima Virgen y de los Santos nos mantenían en la contemplación del divino Sacramento. María, a quien hemos honrado en sus solemnidades de la Inmaculada Concepción, de la Purificación, de la Anunciación, ¿no formó con su propia sustancia este cuerpo y esta sangre que ofrecemos sobre el altar? La fuerza invencible de los Apóstoles y de los Mártires que hemos celebrado, ¿no la sacaron del alimento sagrado que da el ardor y la constancia? Los Confesores y las Vírgenes, ¿no nos han parecido como la floración del campo de la Iglesia que se cubre de espigas y de racimos de uva, gracias a la fecundidad que le da Aquél que es la a la vez el pan y la vid?

Reuniendo todos nuestros medios para honrar a estos gloriosos habitantes de la corte celestial, hemos hecho uso de la salmodia, de los himnos, de los cánticos, de las fórmulas más solemnes y tiernas; pero como homenaje a su gloria, nada igualaba a la ofrenda del Sacrificio. Allí, entrábamos en comunicación directa con ellos, según la enérgica expresión de la Iglesia en el canon de la Misa (communicantes). Adoran ellos eternamente a la Santísima Trinidad por Jesucristo y en Jesucristo; por el Sacrificio nos uníamos a ellos en el mismo centro, mezclábamos nuestros homenajes con los suyos, y para ellos resultaba un aumento de honra y de felicidad. La Sagrada Eucaristía, Sacrificio y Sacramento, siempre nos estaba presente; y, si en estos días debemos ¡recogernos para mejor comprender la grandeza y poder infinitos, si debemos esforzarnos por gozar con más plenitud la inefable suavidad, no es un descubrimiento que se nos muestra de súbito: se trata del elemento que el amor de Cristo nos dejó preparado, y del cual usamos ya, para entrar en relación directa con Dios y rendirle nuestros deberes más solemnes y a la vez más íntimos.


Primera Fiesta del Corpus

Sin embargo, el espíritu que gobierna a la Iglesia, debía inspirarla un día el pensamiento de establecer una solemnidad particular (Aqui termina el texto de Dom Guéranger) en honor del misterio augusto en que se contienen los demás. El elemento sagrado que da a todas las fiestas del año su razón de ser y las ilumina con su propio resplandor, la Eucaristía, pedía por sí misma una fiesta en relación con la magnificencia de su objeto.

domingo, 31 de mayo de 2026

Sermón Fiesta de la Santísima Trinidad

Sermón

S. E. R. Pío Espina Leupold



Sermón

R. P. Lucio César Simbrón


Lección

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios: cuán incomprensibles son sus juicios, y cuán impenetrables sus caminos! Porque, ¿quién ha conocido el secreto de Dios? o ¿quién ha sido su consejero? o ¿quién le dió primero a El para que se le retribuya? Porque de El, y por El y en El existe todo: a El la gloria por los siglos. Amén.

Romanos XI, 33-36


Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándolas a observar todo cuanto os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros hasta la consumación del mundo.

San Mateo XXVIII, 18-20

sábado, 30 de mayo de 2026

Dom Gueranger Fiesta de la Santísima Trinidad

  




FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


Razón de esta Fiesta y de su Tardía Institución

Vimos a los Apóstoles el día de Pentecostés, recibir al Espíritu Santo, y fieles al mandato del Maestro, partir cuanto antes a enseñar a todas las naciones y a bautizar a los hombres en nombre de la Santísima Trinidad. Era natural que la solemnidad cuyo objeto es honrar a Dios uno en tres personas, siguiese inmediata a la de Pentecostés, con quien se une por misterioso lazo. Sin embargo, hasta después de muchos siglos no fué admitida en el Año Litúrgico, que va completándose en el curso de los tiempos.

Todos los homenajes que la Liturgia rinde a Dios, tienen por objeto a la Santísima Trinidad. Los tiempos son tan suyos como la eternidad; ella es el término de toda nuestra religión. Cada día, cada hora la pertenecen. Las fiestas instituidas para conmemorar los misterios de nuestra salvación, siempre tienen fin en ella. Las de la Santísima Virgen y de los Santos son otros tantos medios que nos conducen a la glorificación del Señor, único en esencia y trino en personas. El Oficio divino del Domingo en particular, encierra cada semana la expresión especialmente formulada de la adoración y del servicio hacia este misterio, fundamento de los demás y fuente de toda gracia.

Se comprende, por lo mismo, por qué la Iglesia tardó tanto en instituir una fiesta especial en honor de la Santísima Trinidad. La causa ordinaria de la institución de las fiestas faltaba aquí por completo. Una fiesta es el monumento de un hecho que se ha realizado en el tiempo, y cuyo recuerdo e influencia es oportuno perpetuar; ahora bien, desde toda la eternidad, antes de toda creación, Dios vive y reina, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta institución no podía, pues, consistir sino en señalar en el Calendario un día particular en que los cristianos se uniesen de un modo más directo en la glorificación solemne del misterio de la unidad y de la trinidad en una misma naturaleza divina.


Síntesis Histórica de esta Fiesta

La idea nació primero en algunas de esas almas piadosas y amantes de la soledad, que reciben de lo alto el presentimiento de las cosas que el Espíritu Santo ha de obrar más tarde en la Iglesia. En el s. VIII, el sabio monje Alcuino, lleno del espíritu de la Liturgia, creyó llegado el momento de componer una Misa votiva en honor del misterio de la Santísima Trinidad. Y hasta parece haber sido animado a ello por el apóstol de Alemania, San Bonifacio. Esta Misa era sólo una ayuda a la piedad privada, y nada hacía prever la institución de la fiesta que un día había de establecerse. Pero la devoción a esta Misa se extendió poco a poco, y la vemos introducida en Alemania por el Concilio de Seligenstadt en 1022.

Pero ya por esa época una fiesta propiamente dicha de la Santísima Trinidad había sido inaugurada en una iglesia de Bélgica. Esteban, Obispo de Lie ja, instituyó solemnemente la fiesta de la Santísima Trinidad en su Iglesia el 920, y mandó componer un oficio completo en honor del misterio. No existía aún la disposición del derecho común, que ahora reserva a la Sede apostólica la institución de las nuevas fiestas, y Riquier, sucesor de Esteban en la silla de Lie ja, mantuvo la determinación de su predecesor.

viernes, 29 de mayo de 2026

Boletín Dominical 31 de mayo


Día 31 de Mayo, Fiesta de la Santísima Trinidad

Doble de I Clase. Ornamentos Blancos.
Conm. Domingo Primero después de Pentecostés.


El más grande misterio de nuestra santa religión, el más profundo, santo e incomprensible dogma de nuestra fe, la verdad revelada más alta y sagrada es la de la Trinidad Augusta e Individua, alrededor de la cual gira toda la liturgia católica. Puede decirse que en el nombre de la Santísima Trinidad somos bautizados, al Padre por medio de Jesucristo, su Hijo, y en unidad con el Espíritu Santo, se ofrece todos los días el santo sacrificio de la Misa. Además, la creencia en este misterio es absolutamente necesaria para salvarse. Así nos lo dice y manda la Iglesia al aprobar como dogma de fe el Símbolo o Credo de San Atanasio, puesto contra los herejes patripacianos, macedonios, maniqueos y priscilianistas: “quien quiera ser salvo, ante todas cosas es necesario que profese la fe católica, la cual si no guardase integra e inviolablemente perecerá para siempre. Y la fe católica es esta: que veneremos un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad, sin confundir las personas, ni separar la sustancia divina, porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo, mas una es la divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, una la majestad, una la gloria”. (Continúa.)




 
(Sigue) Es esta una verdad que traspasa las fronteras de nuestro entendimiento que solo alcanzaremos a comprender en la otra vida, cuando gocemos de la contemplación de Dios. Y no nos parezca mucho haya en el ser infinito de Dios verdades que superen la capacidad tan limitada de nuestro entendimiento. Por consiguiente, puede decirse que el misterio de la Trinidad es el misterio en que nuestra fe da más honor a Dios por el sacrificio que le hace de toda nuestra razón.

Fruto práctico de esta festividad sea el propósito de hacer la señal  del cristiano con aquel amor, reverencia y devoción que merecen la tres divinas Personas que invocamos, y que fomentemos entre nosotros aquella caridad y unión que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es Dios Nuestro Señor uno en esencia y trino en personas: un solo Dios verdadero y tres Personas Divinas. “Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y esos tres son uno”, dice San Juan (I, 5,7).