
LA VIRGEN MARÍA Y EL SANTO ROSARIO
S. E. R. Pío Espina Leupold
La Virgen María, cuando se apareció en Fátima en 1917 a los tres pastorcitos, durante seis meses consecutivos, empezando el 13 de mayo, y terminando su ciclo de apariciones en día 13 de octubre con el milagro portentoso del sol, pidió en cada una de las apariciones el rezo cotidiano del Santo Rosario, e instruyo a los niñitos que pidieran a través de él la paz en el mundo. Es preciso entender a qué paz se refiere la Santísima Madre de Dios, cual sea la verdadera paz, siendo que el mundo, las más de las veces, malinterpreta su concepto y definición. Nuestro Señor les dijo a sus discípulos “la paz os dejo, mi paz os doy, no os la soy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se amedrente” (Jn. XIV, 27).
Paz es la virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y las pasiones. Es uno de los frutos del Espíritu Santo.
También se puede entender como la pública tranquilidad y quietud de los estados en contraposición a la guerra, y el sosiego y buena correspondencia de unos con otros, especialmente en las familias, en contraposición a las disensiones, riñas y pleitos.
La paz, dice santo Tomas, es la tranquilidad en el orden.
La tranquilidad es la quietud, el sosiego y la paz del espíritu, conseguida por la sana intención y el bien obrar.
El orden es la colocación de las cosas en el lugar que les corresponde, es el concierto y la buena disposición de las cosas entre sí. El orden establecido por Dios.
Para ampliar un poco lo que significa la paz de Cristo, citamos aquí unos textos muy esclarecedores del Papa Pio XI, de su encíclica Ubi Arcano, del año 1922.
“Ante todo, es necesario que la paz reine en los corazones. Porque de poco serviría una paz que hace que los hombres se traten mutuamente con urbanidad y cortesía, sino que es necesaria una paz que llegue al espíritu y los tranquilice e incline y disponga a los hombres a una mutua benevolencia fraternal. Y no hay semejante paz si no es la de Cristo: y la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones (Col. III, 15) ni puede ser otra la paz suya, la que Él da a los suyos (Juan XIV,27) ya que, siendo Dios, ve los corazones (I Reg. XVI,7) y en los corazones tiene su reino. Por otra parte, con todo derecho pudo Jesucristo llamar suya esta paz, ya que fue el primero que dijo a los hombres: “Todos vosotros sois hermanos” (Mat. XXIII, 8) y promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres: “este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Juan XV, 12); “soportad los unos las carga de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo” (Gal. VI, 12).
Siguese de ahí que la verdadera paz de Cristo no puede apartarse de las normas de justicia, ya porque es Dios mismo el que juzga la justicia (Salm. IX, 5), ya porque la paz es obra de la justicia (Is. XXXII, 17); pero no debe constar tan solo de la dura e inflexible justicia, sino que a suavizarla ha de entrar en no menor parte la caridad que es la virtud apta por su misma naturaleza para reconciliar a los hombres con los hombres. Esta es la paz que Jesucristo conquistó para los hombres, más aún, según la expresión enérgica de San Pablo, “Él mismo es nuestra paz; porque satisfaciendo a la divina justicia con el suplicio de la carne en la cruz, dio muerte a las enemistades en sí mismo …haciendo la paz” (Efes.II, 14) “y reconcilió en sí a todos” (II Cor. V, 18; Efes. II, 16) y todas las cosas con Dios; y en la misma redención no ve y considera San Pablo tanto la obra divina de la justicia, como en realidad lo es, cuanto la obra de la reconciliación y de la caridad: “Dios era el que reconciliaba al mundo en Jesucristo” (II Cor. V, 18); “de tal manera amo Dios al mundo que le dio su Hijo Unigénito” (Juan III, 16). Con el gran acierto que suele, escribe sobre este punto el angélico Doctor que la verdadera y genuina paz pertenece más bien a la caridad que a la justicia, ya que lo que ésta hace es remover los impedimentos de la paz, como son las injurias, los daños; pero la paz es un acto peculiar de la caridad.
Por lo tanto, a la paz de Cristo, que nacida de la caridad, reside en lo íntimo del alma se acomoda muy bien a lo que San Pablo dice del reino de Dios que por la caridad se adueña de las almas: “no consiste el reino de Dios en comer y beber” (Rom. XIV,17); es decir que la paz de Cristo no se alimenta de bienes caducos, sino de los espirituales y eternos, cuya excelencia y ventajas el mismo Cristo declaró al mundo y no cesó de persuadir a los hombres. Pues, por eso dijo: “¿qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma?, o ¿Qué cosa dará el hombre en cambio de su alma?” (Mateo XVI, 26). Y enseñó además la constancia y firmeza de ánimo que ha de tener el cristiano: “ni temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, sino temed a los que pueden arrojar el alma y el cuerpo en el infierno”. (Mateo X, 28).
No que el que quiera gozar de esta paz haya de renunciar a los bienes de esta vida; antes, al contrario, es promesa de Cristo que los tendrá en abundancia: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. (Mt VI, 33; Lc. XII, 31). Pero “la paz de Dios sobrepuja todo entendimiento” ((Filp. IV, 7), y por lo mismo domina a las ciegas pasiones y evita las disensiones y discordias que necesariamente brotan del ansia de poseer.
Refrenadas, pues, con la virtud las pasiones, y dado el honor debido a las cosas del espíritu, se seguirá como fruto espontaneo la ventaja de que la paz cristiana traerá consigo la integridad de las costumbres y el ennoblecimiento de la dignidad del hombre; el cual, después que fue redimido con la sangre de Cristo, está como consagrado por la adopción del Padre Celestial y por el parentesco de hermano con el mismo Cristo, hecho con las oraciones y sacramentos participante de la gracia y consorte de la naturaleza divina, hasta el punto de que, en premio de haber vivido bien en ésta vida, llegue a gozar por toda una eternidad de la posesión de la Gloria Divina.
Sigue se, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, lo mismo sobre los individuos que sobre las sociedades.
En esto consiste lo que con dos palabras llamamos Reino de Cristo. Ya que reina Jesucristo en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en los corazones por la caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos. (Ubi arcano. Pio XI, 23/12/1922).
Cuan a propósito sea esta devoción del Santo Rosario para nuestra época, que además de haberla pedido la Santísima Virgen María , no solo en Fátima a los tres pastorcitos, sino también cuando se apareció en la gruta de Lourdes leemos que le enseño cómo rezarlo y la apremió a hacerlo a Santa Bernardita Soubirous, también el Sumo Pontífice, León XIII, en su encíclica Laetitiae Sanctae nos indica de tres males principales de nuestros tiempos y cómo el remedio de dichos males se encuentra en la devoción a Nuestra Señora a través del rezo y meditación del Santo Rosario.