lunes, 6 de abril de 2026

Dom Gueranger: El Tiempo Pascual

    





EL TIEMPO PASCUAL

Año Litúrgico - Dom Gueranger




CAPÍTULO I
HISTORIA DEL TIEMPO PASCUAL


Definición del Tiempo Pascual

Se da el nombre de Tiempo pascual al período de semanas que transcurre desde el domingo de Pascua al sábado después de Pentecostés. Esta parte del Año litúrgico es la más sagrada, aquella hacia la cual converge el Ciclo completo. Se comprenderá esto fácilmente, si se considera la grandeza de la fiesta de Pascua, que la antigüedad cristiana embelleció con el nombre de Fiesta de las fiestas, Solemnidad, de las solemnidades, a la manera, nos dice San Gregorio Papa en su Homilía sobre este gran día, que lo más augusto en el Santuario era llamado el Santo de los Santos, y se da el nombre de Cantar de los cantares al sublime epitalamio del Hijo de Dios que se une con la Santa Iglesia. Ciertamente, en el día de Pascua es cuando la misión del Verbo encarnado obtiene el fin que estuvo anhelando hasta entonces; en el día de Pascua el género humano es levantado de su caída y entra en posesión de todo lo que había perdido por el pecado de Adán.


Cristo Vencedor

Navidad nos había dado un Hombre-Dios; hace tres días recogimos su sangre de un precio infinito para nuestro rescate. Mas en el día de la Pascua, no es ya una víctima inmolada y vencida por la muerte, la que contemplamos; es un vencedor que aniquila a la muerte, hija del pecado, y proclama la vida, la vida inmortal que nos ha conquistado. No es ya la humildad de los pañales, ni los dolores de la agonía y de la cruz; es la gloria, primero para él, después para nosotros. En el día de Pascua, Dios recupera, en el Hombre-Dios resucitado, su obra primera: el tránsito por la muerte no ha dejado en él huella ninguna, como tampoco la dejó el pecado, cuya semejanza se había dignado asumir el Cordero divino; y no es solamente él quien vuelve a la vida inmortal; es todo el género humano. "Así como por un hombre vino la muerte al mundo, nos dice el Apóstol, por un hombre debe venir también la resurrección de los muertos. Y así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados"


La Preparación de la Pascua

Así, pues, el aniversario de este acontecimiento constituye cada año el gran día, el día de la alegría, el día por excelencia; a él converge todo el Año litúrgico y sobre él está fundado. Mas, como este día es santo entre todos, ya que nos abre las puertas de la vida celestial, donde entraremos resucitados como Cristo, la Iglesia no ha querido luciera sobre nosotros antes de que hubiésemos purificado nuestros cuerpos por el ayuno y corregido nuestras almas por la compunción. Con este fin instituyó la penitencia cuaresmal, y también nos advirtió desde Septuagésima que habla llegado el tiempo de aspirar a las alegrías serenas de la Pascua y de disponernos a los sentimientos que su venida debe despertar. Ya hemos terminado esta preparación y el Sol de la Resurrección se eleva sobre nosotros.


Santidad del Domingo

Mas no basta festejar el día solemne que contempló a Cristo-Luz huyendo de las sombras del sepulcro; a otro aniversario debemos tributar el culto de nuestra gratitud. El Verbo encarnado resucitó el primer día de la semana, el día en que el Verbo increado del Padre había comenzado la obra de la creación, al sacar la luz del seno del caos y separarla de las tinieblas, inaugurando así el primero de los días. Por tanto, en la Pascua nuestro divino resucitado santifica por segunda vez el domingo y desde entonces el sábado deja de ser el día sagrado. Nuestra resurrección en Jesucristo, realizada en domingo, colma la gloria de este primero de los días; el precepto divino del sábado es abolido con toda la ley mosaica; y los Apóstoles mandarán en lo sucesivo a todo fiel celebrar como día sagrado el primer día de la semana, en el que la gloria de la primera creación se une a la de la divina regeneración.

domingo, 5 de abril de 2026

Sermón Domingo de Pascua de Resurrección


Sermón

S. E. R. Pío Espina Leupold


Sermón

R. P. Lucio César Simbrón


Lección

Hermanos, arrojad el viejo fermento, para que seáis nueva masa, ya que sois ázimos. Porque Cristo, nuestra Pascua, fué inmolado. Comamos, pues, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia y de perversidad, sino con ázimos de sinceridad y de verdad.

I Corintios V, 7-8


Evangelio

En aquel tiempo María Magdalena y María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a ungir a Jesús. Y muy de mañana, al día siguiente del sábado, fueron al monumento salido ya el sol. Y decían entre sí: ¿Quién nos separará la piedra de la puerta del sepulcro? Y, mirando, vieron separada la piedra, que era muy grande. Y, entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con traje blanco, y se asustaron. Pero él las dijo: No os asustéis: buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aqui, he ahí el sitio donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos y a Pedro, que os precederá en Galilea; allí le veréis, como os lo dijo.

San Marcos XVI, 1-7


Dom Gueranger: El Santo Día de Pascua

      





EL SANTO DÍA DE PASCUA

Año Litúrgico - Dom Gueranger



MAITINES

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

La noche del Sábado al Domingo ve por fin agonizar sus largas horas; se aproxima el alborear del día. María, con el corazón angustiado, pero animosa y paciente, espera el instante en que volverá a ver a su Hijo. Magdalena y sus compañeras han velado toda la noche, y no tardarán en ponerse en camino hacia el santo sepulcro.

En el seno del limbo, el alma del divino Redentor se dispone a dar la señal de partida a aquellas miríadas de almas justas tanto tiempo cautivas, que le circundan respetuosas y amorosas. La muerte se cierne sobre el sepulcro donde retiene a su víctima. Desde el día en que devoró a Abel, ha absorbido a innumerables generaciones; pero jamás había estrechado entre sus lazos una presa tan noble. Jamás la sentencia del paraíso terrenal había tenido cumplimiento tan prodigioso; pero nunca tampoco vió la tumba sus esperanzas burladas con un mentís tan cruel. Más de una vez el poder divino la había arrancado sus víctimas: el Hijo de la viuda de Naín, la hija del jefe de la sinagoga, el hermano de Marta y de Magdalena le habían sido arrebatados; pero ella los aguardaba en la segunda muerte. En cambio, de otro se había escrito: "Oh muerte, yo seré tu muerte; sepulcro, yo seré tu ruina." (Oseas, XIII, 14.) Unos instantes, y trabarán batalla los dos adversarios.

Así como el honor de la divina Majestad no podía permitir que el cuerpo unido a un Dios aguardase en el polvo, como el de los pecadores, el momento en que la trompeta del ángel nos llamará a todos al juicio supremo; del mismo modo convenía que las horas durante las cuales la muerte debía prevalecer fuesen abreviadas. "Esta generación perversa, había dicho Jesús, pide un prodigio; y sólo le será dado el del profeta Jonás." (S. Mateo, XII, 39.) Tres días de sepultura: el ñn de la jornada del viernes, la noche siguiente, el sábado todo él completo con su noche, y las primeras horas del domingo. Era suficiente: suficiente para la justicia divina ya satisfecha; bastante para certificar la muerte de la augusta víctima, y para asegurar el más brillante de los triunfos; bastante para el corazón desolado de la más amante de las madres.

"Nadie me arranca la vida, sino que yo la doy de mi propia voluntad; y soy dueño de darla y dueño de recobrarla." (San Juan, X, 18.) Asi hablaba a los judíos el Señor antes de su pasión; la muerte sentirá al punto la fuerza de esta palabra del maestro. El domingo, día de la luz, comienza a alborear; los primeros fulgores de la aurora pugnan ya con las tinieblas. Inmediatamente el alma divina del Redentor sale de la prisión del limbo, seguida de la multitud de almas santas que la rodeaban. Atraviesa en un parpadear de ojos el espacio y, penetrando en el sepulcro, se reintegra al cuerpo del que se había separado tres días antes en medio de los estertores de la agonía. El cuerpo sagrado se reanima, se levanta y se desprende de los lienzos, de los aromas y de las fajas con que estaba ceñido. Las cicatrices han desaparecido; la sangre ha vuelto a las venas; y de aquellos miembros lacerados por los azotes, de aquella cabeza desgarrada por las espinas, de aquellos pies y de aquellas manos atravesadas por los clavos, irradia una luz fulgurante que llena la caverna. Los santos ángeles que adoraron con ternura al niño de Belén, adoran con temblor al vencedor del sepulcro. Pliegan con respeto y dejan sobre la tierra, en que el cuerpo inmóvil reposaba poco ha, los lienzos con que la piedad de dos discípulos y de santas mujeres le habían envuelto.

Pero el rey de los siglos no debe continuar ya en aquel sarcófago fúnebre; con más rapidez que la luz que penetra por el cristal, franquea el obstáculo que le opone la piedra de entrada a la caverna, que la potestad pública había sellado y rodeado de soldados armados. Todo permanece intacto; y está libre el triunfador de la muerte; del mismo modo, nos dicen unánimemente los santos Doctores, apareció a los ojos de María en el establo sin haber hecho sentir ninguna violencia en el seno materno. Estos dos misterios de nuestra fe se aúnan y proclaman el inicial y el último término de la misión del Hijo de Dios: al principio, una Virgen-Madre; al fin, un sepulcro sellado que devuelve a quien retenía cautivo.


LA DERROTA DE LA MUERTE

El más profundo silencio reina todavía, en este momento en que el Hombre-Dios acaba de romper el cetro de la muerte. Su liberación y la nuestra no le han costado ningún esfuerzo. ¡Oh muerte! ¿qué te queda ya de tu imperio? El pecado nos había entregado a ti; tú gozabas de tu conquista; y he aquí que has caído hasta el abismo. Jesús, de quien tú te sentías tan orgullosa por tenerle debajo de tu ley, se te ha escapado; y todos nosotros, después de habernos poseído tú, también nos escaparemos de tu dominio. El sepulcro que nos preparas, se convertirá en nuestra cuna para una vida nueva; por que tu vencedor es el primogénito entre los muertos (Apoc., I, 5); y hoy es la Pascua, el tránsito, la liberación, para Jesús y para todos sus hermanos. La ruta que él ha abierto, todos nosotros la seguiremos; y día vendrá en que tú, que lo destruyes todo, tú nuestra enemiga, serás anonadada a tu vez por el reino de la inmortalidad. (I Cor., XV, 26.) Pero desde ahora nosotros contemplamos tu caída, y repetimos para tu vergüenza, este grito del gran Apóstol: "Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Por un momento triunfaste, y he aquí que has sido devorada en tu triunfo." (Ibíd., 55).

sábado, 4 de abril de 2026

Saludo de Pascua de Resurrección de S. E. R. Pío Espina Leupold

Dom Gueranger: El Sábado Santo

      



EL SÁBADO SANTO

Año Litúrgico - Dom Gueranger



POR LA MAÑANA

Jesús en la Tumba

La noche ha pasado sobre el sepulcro en que descansa el cuerpo del Hombre-Dios. Pero si la muerte triunfa en el fondo de esta gruta silenciosa; si tiene entre sus lazos a Aquel que da la vida a todos los seres, su triunfo será muy corto; en vano velan los soldados a la entrada de la tumba; no podrá retener al divino cautivo cuando emprenda su vuelo. Los santos ángeles adoran con profundo respeto el cuerpo inanimado de aquel cuya sangre va a "purificar al cielo y a la tierra". Este cuerpo separado del alma durante un corto instante ha permanecido unido al Verbo; el alma que momentáneamente cesó de animarle, no perdió tampoco su unión con la persona del Hijo de Dios. La divinidad permanece unida incluso con la sangre derramada en el Calvario y que debe entrar de nuevo en las venas del Hombre- Dios, en el momento de su próxima resurrección.

El Exceso del Amor Divino

Acerquémonos a esa tumba y veneremos nosotros también los restos del Hijo de Dios. Ahora conoceremos los efectos del pecado. "Por el pecado ha entrado la muerte en el mundo, y se ha comunicado a todos los hombres."

Jesucristo, "que no conoció el pecado" permitió sin embargo a la muerte extender sobre El su dominio, con el fin de disminuir en nosotros la repugnancia que hacia ella profesamos y de devolvernos, una vez resucitado, la inmortalidad que el pecado nos había arrebatado. En su Encarnación se había dignado tomar "La forma de esclavo"; en este misterio se ha humillado todavía más. ¡Vedle muerto en una tumba! Si este espectáculo nos revela el afrentoso poder de la muerte, nos muestra aún en mayor grado el inmenso e incomprensible amor que Dios tiene para con el hombre. Este amor no ha retrocedido ante ningún exceso; y por esto podemos decir que, si el Hijo de Dios se ha bajado fuera de toda medida, nosotros hemos sido tanto más glorificados por sus humillaciones. Que esto nos lleve a amar esa tumba en la cual debemos nosotros nacer a la vida; y después de haberle dado gracias por haber querido morir por nosotros en la cruz, agradezcamos asimismo el haber aceptado por nosotros la humillación del sepulcro.

La Virgen de los Dolores

Bajemos ahora a Jerusalén y visitemos a la Madre de los dolores. La noche ha pasado también por su corazón, y las escenas de la jornada no han cesado de asaltar su memoria. Su Hijo ha sido pisoteado por los hombres, mientras ella veía correr su sangre. ¡ Cuántas lágrimas no ha derramado ella durante estas largas horas; y, sin embargo, Jesús no le ha sido aún devuelto! Junto a ella Magdalena, completamente desecha por las sacudidas y empujones recibidos en las calles de Jerusalén y en el Calvario, está muda de dolor. Espera que amanezca el día siguiente para volver al sepulcro y contemplar de nuevo los restos de su querido maestro. Las otras mujeres, menos amadas que la Magdalena, mas, sin embargo, estimadas por Jesús que han desafiado las burlas de los judíos y de los soldados, por asistir a Jesús hasta* su muerte, rodean ahora cuidadosas a la Virgen, y piensan aliviar su propio dolor, yendo con Magdalena, una vez pasado el Sábado, a depositar en el sepulcro el tributo de su amor.

Los Discípulos

Juan, el hijo adoptivo, el amado de Jesús, llora por el Hijo y por la Madre. Los demás Apóstoles, los discípulos José de Arimatea y Nicodemus, van visitando uno a uno esta mansión de dolor. Pedro, con la humildad de su arrepentimiento, no tiene miedo de presentarse en la presencia de la Madre de la misericordia. Se comenta en voz baja de una parte el suplicio de Jesús, y de otra, la ingratitud de Jerusalén. La Santa Iglesia, en el oficio de esta noche, nos sugiere algunas ideas de lo que debieron ser las conversaciones de estos hombres que han sido tan atrozmente conmovidos por tan terrible catástrofe. "Así muere el justo, dicen pilos, y nadie se conmueve; es arrebatado de en medio de la iniquidad; semejante a un cordero no ha abierto su boca; ha muerto rodeado de angustia; mas su memoria se conserva en paz"

La Espera de la Resurrección

De este modo conversan estos hombres fieles, mientras que las santas mujeres, víctimas de su dolor, piensan en los cuidados de los funerales. La santidad, la bondad, el poder, los dolores y la muerte de Jesús están presentes en su pensamiento; mas no se acuerdan de su Resurrección que anunció y que sin duda no tardará en suceder. Solamente María vive con esta espera cierta. El Espíritu Santo, dice hablando de la mujer fuerte: "Durante la noche su lámpara no se extingue"; este pensamiento se cumple hoy de modo especial en la. Madre de Jesús. Su corazón no sucumbe, porque sabe que la tumba ha de devolver a. la vida a su Hijo, La fe en la Resurrección del: Salvador, esta fe sin la cual, como dice el Apóstol: "Nuestra religión será vana", está, por decirlo así, concentrada en el alma de María. La Madre de la Sabiduría conserva este depósito precioso; y del mismo modo que ella llevó en su seno a aquel que no pueden contener el cielo y la tierra, así en este día, a causa de su firme creencia en las palabras de su Hijo, está concentrada en sí misma toda la Iglesia. ¡Sublime jornada la del Sábado Santo que, en medio de todas sus tristezas, viene a enaltecer todavía a la Madre de Dios! La Santa Iglesia guardará siempre su recuerdo; y por esto, queriendo consagrar a su Reina un día especial en cada semana, le ha dedicado el Sábado.

Ha llegado la hora de dirigirse a la casa de Dios. Las campanas no se oyen todavía; pero los misterios de la Liturgia que se van a desarrollar en esta mañana no llaman menos a los fieles a concurrir a las más tiernas emociones. Conservemos el recuerdo de los que acabamos de sentir en el sepulcro así como a los pies de la Madre de los dolores y dispongamos nuestras almas a las alegrías que la fe nos ha de preparar.


EL OFICIO DE ESTE DÍA

Ritos del Oficio

Desde la antigüedad, tanto el día de hoy, como el de Viernes Santo se pasó sin la ofrenda del divino Sacrificio. Ayer la Iglesia no lo celebraba porque el aniversario de la muerte de Cristo parecía cubrir con sus negras sombras el día entero. La misma razón la conduce a privarse también hoy de la celebración del Sacrificio. La sepultura de Cristo es la| continuación de su Pasión; y mientras su cuerpo reposa inanimado en la tumba, no conviene renovar el divino misterio en que aparece glorioso y resucitado. La misma Iglesia griega que durante el curso de la Cuaresma, tiene a gala no ayunar el Sábado, imita a la Iglesia Latina reservando para este día más austeras disciplinas. Este día es, en efecto, un día de profundo duelo, durante el cual la Iglesia se detiene junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, hasta el momento en que, habiendo celebrado la Vigilia solemne, nocturna espera de la Resurrección, recibirá la alegría pascual cuya plenitud desbordará durante los días siguientes.

viernes, 3 de abril de 2026

Dom Gueranger: Viernes Santo de la Pasión y Muerte del Señor

      





VIERNES SANTO
DE LA PASIÓN Y MUERTE DEL SEÑOR

Año Litúrgico - Dom Prospeto Gueranger


MAÑANA

JESÚS CONDENADO POR CAIFÁS

El sol baña de luz los muros y pináculos del templo de Jerusalén. Los Pontífices y Doctores de la ley no han hecho caso de su brillo para satisfacer su odio contra Jesús. Anás, que había recibido el primero al divino prisionero, ordena que le conduzcan ante su yerno Caifás. El indigno Pontífice ha osado someter a un interrogatorio al mismo Hijo de Dios. Jesús, desdeñando responder, recibe la bofetada de un criado. Tenían preparados testigos falsos que vinieron a declarar sus mentiras ante el que es la suma Verdad; intento inútil, pues los testimonios proferidos serán contradictorios. Entonces, el Sumo Sacerdote viendo que el sistema adoptado para convencer a Jesús de blasfemo no conducía más que a desenmascarar los cómplices de su fraude, quiso sacar de la boca del mismo Salvador el delito que debía hacerle justiciable por la Sinagoga: "Te conjuro por el Dios vivo, que nos digas si Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios" Esta es la interpelación que el Pontífice dirige a Cristo. Jesús, queriendo darnos ejemplo de sumisión a la autoridad, rompe su silencio y responde con firmeza: "Tú lo has dicho, yo soy: Y os digo que a partir de ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios y venir sobre las nubes del cielo." A estas palabras el Pontífice se levanta y desgarra sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado." ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? Unánimemente respondieron todos: "Reo es de muerte."

El propio Hijo de Dios ha bajado a la tierra para llamar a la vida al hombre que se había precipitado en la muerte, y lo hace por la más espantosa inversión. El hombre, en pago de tal beneficio, conduce a su tribunal al Verbo divino y le juzga reo de muerte. Jesús guarda silencio y no aniquila en su cólera a estos hombres tan audaces e ingratos. Repitamos en este momento las palabras, con las cuales la Liturgia Griega interrumpe hoy varias veces la lectura de la Pasión: "Gloria a tu Pasión, Señor."


ESCENA DE INSULTOS

Apenas se ha dejado oír en la plaza el grito: "Reo es de muerte", cuando los criados del Sumo Sacerdote se arrojan sobre Jesús. Le escupen en el rostro, le vendan los ojos y dándole bofetadas le dicen: "Profeta, adivina quién te ha pegado" '. Estos son los homenajes de la Sinagoga al Mesías, cuya expectación la ha vuelto tan altiva. La pluma se resiste a transcribir tales ultrajes inferidos al Hijo de Dios, y sin embargo, no son sino el exordio de lo que ha de sufrir el Redentor.


LA NEGACIÓN DE PEDRO

Al mismo tiempo una escena mucho más dolorosa para el Corazón de Cristo se realiza fuera de la sala, en el palacio del Sumo Sacerdote. Pedro, que ha entrado allí, se ve envuelto en una contienda con los guardias y los criados, que le reconocen por uno de los galileos que seguían a Jesús. El Apóstol, desconcertado y temiendo por su vida, abandona cobardemente a su Maestro y llega hasta afirmar con juramento que jamás le conoció. ¡Triste ejemplo de castigo reservado a la presunción! ¡Oh misericordia infinita de Jesús! Los criados del Sumo Sacerdote le arrastraron hacia el lugar donde se encontraba el Apóstol; al verle le dirigió una mirada de reproche y de perdón; Pedro se humilla y llora. En este momento sale del palacio maldito; en adelante, arrepentido, no se consolará hasta haber visto a su Maestro resucitado y triunfante. Sea nuestro modelo este discípulo pecador y convertido, en estas horas de compasión en que la Iglesia quiere que seamos testigos de los dolores siempre en aumento de nuestro Salvador. Pedro se retira, pues desconfía de su fragilidad. Quedémonos nosotros hasta el fin; nada tenemos que temer; la dulce y digna mirada de Jesús que ablanda los corazones más empedernidos se dirige hacia nosotros.

Boletín Dominical 5 de abril


TiEMPO PASCUAL

Día 5 de Abril, Domingo de Pascua de Resurrección

Doble de I clase con octava. Orn. Blancos

El tiempo Pascual empieza con la misa del Sábado Santo y termina ocho semanas después en la fiesta de la Santísima Trinidad. Es todo él como una fiesta ininterrumpida en la que celebramos la Resurrección del Señor, sus distintas apariciones, su Ascensión a los cielos, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y el nacimiento de la Iglesia. Es éste tiempo de inmensa y profunda alegría espiritual, por que Cristo ha vencido a la muerte con su gloriosa resurrección, que es prenda de la nuestra.

Habiendo muerto Jesús en la cruz y resucitado en la Pascua judía, y debiendo los ritos mosaicos ceder lugar a estos santos misterios, ya que no eran más que figuras de ellos, quiso la Iglesia conservar para la Pascua el modo de contar de los judíos. El concilio de Nicea, el año 325, decretó que la Pascua se celebrase siempre el domingo siguiente al primer plenilunio de primavera, el cual oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Esta oscilación en la fecha de Pascua es la que produce la movilidad de todas las fiestas y domingos pertenecientes al ciclo temporal y a todo el año eclesiástico, si se exceptúan los de Adviento y Epifanía. El Tiempo Pascual es como imagen del cielo, un anticipo de la Pascua eterna para la que fuimos creados, y por la que luchamos en esta vida

El punto culminante y más glorioso de la vida de Cristo, la prueba más irrefragable de su Divinidad y la base más inconmovible de nuestra fe es su victoria sobre la muerte, su propia Resurrección. Por eso dice San Pablo que es el fundamento de nuestra fe. “Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe”, dice en la primera carta a los Corintios. (Continúa)



(Sigue) Es la Resurrección el argumento central de la predicación de los apóstoles y el mayor milagro de Cristo. El tránsito de Cristo de la muerte a la vida y de la tierra al cielo (Pascua significa Tránsito), es la consagración de su victoria ganada contra el mundo, el demonio y la carne pecadora. Para esto se había encarnado el Hijo de Dios, para esto había sufrido muerte de cruz. De derecho también nosotros hemos resucitado con Jesús, y la virtud de Cristo va obrando en nuestras almas, y la fe en El, sentida y practicada, nos hará pasar de la muerte del pecado a la vida de la gracia, y al final de esta vida temporal nos hará pasar de la vida de la gracia a la de la gloria, tanto más esplendorosa y feliz cuanto más intensa haya sido nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. Por eso el martirologio romano llama a este dichoso día de la Resurrección la “Solemnidad de las solemnidades y nuestra Pascua.”

“Este es el día que ha hecho el Señor, alegrémonos y regocijémonos en él”, porque formando un cuerpo místico con Cristo, hemos de estar necesariamente donde está nuestra Cabeza, y pues, Él resucitó, también nosotros, dice San Pablo, hemos de resucitar con Él. 

Creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable. Así sea.”