viernes, 26 de junio de 2026

Boletín Dominical 28 de junio




Día 28 de Junio, Domingo V de Pentecostés.
Conm. de San Ireneo Obispo. y Mártir.
Doble. Orn. Verdes.


Hoy Nuestro Señor Jesucristo nos amonesta a no practicar nuestra justicia de la forma con que la practicaban los escribas y los fariseos. Podemos entender aquí que Nuestro Señor se refiere a la virtud de la religión, la cual es una virtud derivada de la Justicia, virtud moral y cardinal.

Hablemos un poco entonces de la religión, que puede definirse, en cuanto virtud, como una virtud moral que inclina la voluntad del hombre a dar a Dios el culto debido como primer principio de todas las cosas. Que los escribas y los fariseos no ejercían bien tal virtud es cosa patente en los Evangelios. A manera de ejemplo, acordémonos de la Parábola del fariseo y del publicano rezando en el Templo, de cómo el fariseo solo buscando su exaltación no volvió justificado a su casa y cómo habiéndose humillado volvió justificado el publicano. El fariseo buscaba a sí mismo, el publicano a Dios.

La virtud de la religión es absolutamente necesaria y obligatoria en cuanto preceptúa el culto interno y el culto externo. No practicar la virtud de la religión es una verdadera injusticia, una de las mayores, si no la mayor, porque quita a Dios lo que le es debido: el culto divino.

Ahora bien, Cristo no sólo nos dice lo que no debemos hacer sino que nos instruye también en lo que debemos hacer con respecto a la virtud de la religión: Quien a vosotros escucha, a mí me escucha. (Luc. 10 – 16). Es doctrina común entre los sabios de la Iglesia que Cristo refiere estas palabras a las Enseñanzas Apostólicas. Es decir que Cristo nos pone a la Iglesia como maestra también de esta virtud de la religión. Él que escucha a la Iglesia escucha a Cristo.

Como dijimos arriba la virtud de la religión nos inclina a dar a Dios un culto debido. ¿Qué nos dice la Iglesia, soberana e infalible maestra de la cristiandad, cual sea el culto que a Dios es más agradable? Ella dice: LA SANTA MISA. La renovación del sacrificio de Cristo en la Cruz que se produce en cada altar donde un verdadero sacerdote reza la Santa Misa es, absolutamente, lo que más agrada a Dios Padre en lo que el hombre puede hacer. 

No hubo santo que no fuera devoto de la Santa Misa, y si nos pusiéramos acá a dar citas de frases y máximas que se han formulado para redundar en alabanza para la Santa Misa mil páginas sería poco para comenzar.

¡Seamos, pues, devotos de la Santo Sacrificio del Altar! 

¡Oh Santísima Virgen María, Espejo de Justicia!, no permitáis que cometamos tamaña injusticia contra el Buen Dios que nos ha amado tanto hasta darnos su Hijo Unigénito (Io. 3 -16) que nos compró con el grande precio de su Sangre     (I Cor. 6 - 20), no permitáis que dejemos de rendirle a Dios el culto que le es debido. ¡Santísima Madre, haznos verdaderamente devotos de la Santa Misa!  





29 de junio, San Pedro y San Pablo, Apóstoles.

La Iglesia entera está hoy de fiesta, porque «Dios ha consagrado este día con el martirio de los Apóstoles S. Pedro y S. Pablo».

1. San Pedro es el vicario, o sea, el lugarteniente y representante visible de Cristo. Los judíos, que habían desechado a Jesús, hicieron lo mismo con su sucesor. Por lo cual, trasladando entonces el centro religioso del mundo, Pedro dejó a Jerusalén, y se fue a Roma, que luego llegará a ser la ciudad eterna y sede de todos los Papas.

2. San Pedro, primer Papa, habla en nombre de Cristo, el cual le concedió su infalibilidad doctrinal. Y así no son la carne y la sangre sus guías e inspiradores, sino el Padre celestial, quien no permite que las puertas del infierno prevalezcan contra su Iglesia, cuyo fundamento es Él mismo.

3. Al recibir San Pedro las llaves, fue constituido prepósito del "reino de los cielos" en la tierra, o sea, de la Iglesia, reinando en ella en nombre de Jesucristo, que le ha investido de su potestad y de su Autoridad soberana.

Roguemos con «la Iglesia, la cual no cesaba de elevar oraciones a Dios en favor de San Pedro», roguemos por su sucesor «el siervo de Dios, nuestro Santo Padre el Papa».

¡Oh gloriosos príncipes de la tierra! así como os amasteis en vida, tampoco quisisteis veros separados en la muerte. Os felicitamos hoy en el día de vuestro triunfo y de vuestro descanso.

Ahora mirad desde el cielo a los que todavía nos arrastramos por la tierra. Mirad a esa navecilla de la Iglesia, que boga por medio del mundo llevando a tantas almas al puerto de salvación. Pedid también para todos y cada uno de los cristianos acrecentamiento de fe, de esperanza y caridad, de esas tres virtudes fundamentales por que tanto os distinguisteis entrambos, de manera que para nosotros y para toda la Iglesia dilatada por el Orbe deje huella indeleble vuestra santa festividad.







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