sábado, 16 de mayo de 2026

La Virgen María y el Santo Rosario


LA VIRGEN MARÍA Y EL SANTO ROSARIO

S. E. R. Pío Espina Leupold


La Virgen María, cuando se apareció en Fátima en 1917 a los tres pastorcitos, durante seis meses consecutivos, empezando el 13 de mayo, y terminando su ciclo de apariciones en día 13 de octubre con el milagro portentoso del sol, pidió en cada una de las apariciones el rezo cotidiano del Santo Rosario, e instruyo a los niñitos que pidieran a través de él la paz en el mundo. Es preciso entender a qué paz se refiere la Santísima Madre de Dios, cual sea la verdadera paz, siendo que el mundo, las más de las veces, malinterpreta su concepto y definición. Nuestro Señor les dijo a sus discípulos “la paz os dejo, mi paz os doy, no os la soy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se amedrente” (Jn. XIV, 27).

 Paz es la virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y las pasiones. Es uno de los frutos del Espíritu Santo. 

También se puede entender como la pública tranquilidad y quietud de los estados en contraposición a la guerra, y el sosiego y buena correspondencia de unos con otros, especialmente en las familias, en contraposición a las disensiones, riñas y pleitos. 


La paz, dice santo Tomas, es la tranquilidad en el orden. 

La tranquilidad es la quietud, el sosiego y la paz del espíritu, conseguida por la sana intención y el bien obrar.

El orden es la colocación de las cosas en el lugar que les corresponde, es el concierto y la buena disposición de las cosas entre sí. El orden establecido por Dios.

Para ampliar un poco lo que significa la paz de Cristo, citamos aquí unos textos muy esclarecedores del Papa Pio XI, de su encíclica Ubi Arcano, del año 1922.


“Ante todo, es necesario que la paz reine en los corazones. Porque de poco serviría una paz que hace que los hombres se traten mutuamente con urbanidad y cortesía, sino que es necesaria una paz que llegue al espíritu y los tranquilice e incline y disponga a los hombres a una mutua benevolencia fraternal. Y no hay semejante paz si no es la de Cristo: y la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones (Col. III, 15) ni puede ser otra la paz suya, la que Él da a los suyos (Juan XIV,27) ya que, siendo Dios, ve los corazones (I Reg. XVI,7) y en los corazones tiene su reino. Por otra parte, con todo derecho pudo Jesucristo llamar suya esta paz, ya que fue el primero que dijo a los hombres: “Todos vosotros sois hermanos” (Mat. XXIII, 8) y promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres: “este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Juan XV, 12); “soportad los unos las carga de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo” (Gal. VI, 12).

Siguese de ahí que la verdadera paz de Cristo no puede apartarse de las normas de justicia, ya porque es Dios mismo el que juzga la justicia (Salm. IX, 5), ya porque la paz es obra de la justicia (Is. XXXII, 17); pero no debe constar tan solo de la dura e inflexible justicia, sino que a suavizarla ha de entrar en no menor parte la caridad que es la virtud apta por su misma naturaleza para reconciliar a los hombres con los hombres. Esta es la paz que Jesucristo conquistó para los hombres, más aún, según la expresión enérgica de San Pablo, “Él mismo es nuestra paz; porque satisfaciendo a la divina justicia con el suplicio de la carne en la cruz, dio muerte a las enemistades en sí mismo …haciendo la paz” (Efes.II, 14) “y reconcilió en sí a todos” (II Cor. V, 18; Efes. II, 16) y todas las cosas con Dios; y en la misma redención no ve y considera San Pablo tanto la obra divina de la justicia, como en realidad lo es, cuanto la obra de la reconciliación y de la caridad: “Dios era el que reconciliaba al mundo en Jesucristo” (II Cor. V, 18); “de tal manera amo Dios al mundo que le dio su Hijo Unigénito” (Juan III, 16). Con el gran acierto que suele, escribe sobre este punto el angélico Doctor que la verdadera y genuina paz pertenece más bien a la caridad que a la justicia, ya que lo que ésta hace es remover los impedimentos de la paz, como son las injurias, los daños; pero la paz es un acto peculiar de la caridad.

Por lo tanto, a la paz de Cristo, que nacida de la caridad, reside en lo íntimo del alma se acomoda muy bien a lo que San Pablo dice del reino de Dios que por la caridad se adueña de las almas: “no consiste el reino de Dios en comer y beber” (Rom. XIV,17); es decir que la paz de Cristo no se alimenta de bienes caducos, sino de los espirituales y eternos, cuya excelencia y ventajas el mismo Cristo declaró al mundo y no cesó de persuadir a los hombres. Pues, por eso dijo: “¿qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma?, o ¿Qué cosa dará el hombre en cambio de su alma?” (Mateo XVI, 26). Y enseñó además la constancia y firmeza de ánimo que ha de tener el cristiano: “ni temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, sino temed a los que pueden arrojar el alma y el cuerpo en el infierno”. (Mateo X, 28).

No que el que quiera gozar de esta paz haya de renunciar a los bienes de esta vida; antes, al contrario, es promesa de Cristo que los tendrá en abundancia: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. (Mt VI, 33; Lc. XII, 31). Pero “la paz de Dios sobrepuja todo entendimiento” ((Filp. IV, 7), y por lo mismo domina a las ciegas pasiones y evita las disensiones y discordias que necesariamente brotan del ansia de poseer.

 Refrenadas, pues, con la virtud las pasiones, y dado el honor debido a las cosas del espíritu, se seguirá como fruto espontaneo la ventaja de que la paz cristiana traerá consigo la integridad de las costumbres y el ennoblecimiento de la dignidad del hombre; el cual, después que fue redimido con la sangre de Cristo, está como consagrado por la adopción del Padre Celestial y por el parentesco de hermano con el mismo Cristo, hecho con las oraciones y sacramentos participante de la gracia y consorte de la naturaleza divina, hasta el punto de que, en premio de haber vivido bien en ésta vida, llegue a gozar por toda una eternidad de la posesión de la Gloria Divina.

Sigue se, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, lo mismo sobre los individuos que sobre las sociedades.

En esto consiste lo que con dos palabras llamamos Reino de Cristo. Ya que reina Jesucristo en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en los corazones por la caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos. (Ubi arcano. Pio XI, 23/12/1922).


Cuan a propósito sea esta devoción del Santo Rosario para nuestra época, que además de haberla pedido la Santísima Virgen María , no solo en Fátima a los tres pastorcitos, sino también cuando se apareció en la gruta de Lourdes leemos que le enseño cómo rezarlo y la apremió a hacerlo a Santa Bernardita Soubirous, también el Sumo Pontífice, León XIII, en su encíclica Laetitiae Sanctae nos indica de tres males principales de nuestros tiempos y cómo el remedio de dichos males se encuentra en la devoción a Nuestra Señora a través del rezo y meditación del Santo Rosario.

Dice “Tres males, sobre todo, nos parecen los más funestos para el común bienestar, que son: el disgusto de una vida modesta y activa; el horror al sufrimiento, y el olvido de los bienes eternos que esperamos.

Nos deploramos que la sociedad humana padezca de una espantosa llaga, y es que se menosprecien los deberes y las virtudes que deben ser ornato de una vida obscura y ordinaria.


Disgusto del trabajo y la vida modesta.

De donde nace que en el hogar domestico los hijos se desentiendan de la obediencia que deben a sus padres no soportando ninguna disciplina a menos que no sea fácil y se preste a sus diversiones. De ahí viene también que los obreros abandonen su oficio, huyan del trabajo y, descontentos de su suerte, aspiren más alto, deseando una quimérica igualdad de fortunas; movidos de idénticas aspiraciones los habitantes de los campos dejan en tropel su tierra natal para venir en pos del tumulto y los fáciles placeres de las ciudades. A esta causa debe atribuirse también la falta de equilibrio entre las diversas clases de la sociedad: todo esta desquiciado; los ánimos carcomidos por el odio y la envidia, engañados por falsas esperanzas, turban mucho la paz pública ocasionando sediciones, y resisten a los que tienen la misión de conservar el orden.


Remedio en los Misterios Gozosos.

Contra este mal hay que pedir remedio al Rosario de María, que comprende a la vez un orden fijo de oraciones y la piadosa meditación de los Misterios de la vida del Salvador y su Madre. Que los Misterios gozosos sean indicados a la multitud y puestos ante los ojos de los hombres, a manera de cuadros y modelos de virtudes: cada uno comprende cuán abundantes son y cuán fáciles de imitar y propios para inspirar una vida honesta los ejemplos que de ellos pueden sacarse y que seducen los corazones por su admirable suavidad.

Que se represente la casa de Nazareth, este asilo a la vez terrestre y divino de la santidad. ¡Qué modelo tan hermoso para la vida diaria!¡Qué espectáculo tan perfecto de la unión al hogar! Reinan allí la sencillez y la pureza de costumbres; un perpetuo acuerdo en los pareceres; un orden que nada perturba; la mutua indulgencia; el amor, en fin, no un amor fugaz y mentiroso, sino un amor fundado en el cumplimiento asiduo de los deberes recíprocos y verdaderamente digno de cautivar todas las miradas.

Allí, sin duda, ocupanse en disponer lo necesario para el sustento y el vestido; pero es con el sudor de la frente y como quienes, contentándose con poco, trabajan más bien para no sufrir del hambre que para procurarse lo superfluo. Sobre todo, esto, adviértase una soberana tranquilidad de espíritu y una alegría del alma sin igual en cada uno: dos bienes que acompañan siempre a la conciencia de las buenas acciones cumplidas. 

Los ejemplos de estas virtudes, de la modestia y de la sumisión, de la dedicación al trabajo y de la benevolencia hacia el prójimo, del celo en cumplir los pequeños deberes de la vida ordinaria, todas esas enseñanzas, en fin, que a medida que el hombre las comprende mejor, más profundamente penetran en su alma, traerán un cambio notable en sus ideas y conductas. Entonces cada uno, lejos de encontrar despreciables y penosos sus deberes particulares, los tendrá más bien por muy gratos y llenos de encanto; y gracias a esta especie de placer que sentirá con ellos, la conciencia del deber le dará más fuerza para bien obrar.

Así las costumbres se suavizarán en todos los sentidos; la vida doméstica se deslizará en medio del cariño y de la dicha, y las relaciones mutuas estarán llenas de sincera benevolencia y caridad. Y si todas estas cualidades de que estará dotado el hombre individualmente se extienden a las familias, a las ciudades, al pueblo todo, cuya vida se sujetaría a estas prescripciones, es fácil de concebir cuantas ventajas obtendría de ello el Estado.


Horror al sufrimiento.

Otro mal funestísimo y que Nos no deploraremos bastante, porque cada día penetra más profundamente en los ánimos y hace mayores estragos, es la resistencia al dolor, y eso de rechazar violentamente todo lo que parece molesto y contrario a nuestros gustos.

La mayor parte de los hombres en vez de considerar, como sería preciso, que la tranquilidad y la libertad de las almas es la recompensa preparada a los que han cumplido el gran deber de la vida sin dejarse vencer por los peligros ni por los trabajos, se forjan la idea de un Estado donde no habría objeto alguno desagradable, y donde se gozaría de todos los bienes que esta vida puede dar de sí. Deseo tan violento y desenfrenado de una existencia feliz, es fuente de debilidad para las almas que, si no caen por completo, se enervan por lo menos, de suerte que huyen cobardemente de los males de la vida dejándose abatir por ellos.


Remedio en los misterios Dolorosos. 

También en este peligro puede esperarse del Rosario de María grandísimo socorro para fortalecer las almas (tan eficaz es la autoridad del ejemplo), si los misterios que se llaman dolorosos, son objetos de una meditación tranquila y suave, desde la más tierna infancia, y si luego se continúa meditándolos asiduamente.  En ellos se nos muestra a Cristo autor y consumador de nuestra fe, comenzando a obrar y a enseñar, a fin de que encontremos en Él mismo ejemplos adecuados en las enseñanzas que nos dio sobre la manera como debemos soportar las fatigas y los sufrimientos. Él quiso sufrir los males más terribles con una gran resignación. Vemosle agobiado de tristeza hasta el punto de que la sangre corre por todos sus miembros como sudor copioso. Vemosle cargado de ligaduras, como un ladrón sometido al juicio de los hombres perversos, objeto de odiosos ultrajes y de falsas acusaciones. Vemosle flagelado, coronado de espinas, atado a la Cruz, considerado como indigno de vivir largo tiempo, y merecedor de morir en medio de las aclamaciones de las turbas.

Pensamos cual debió ser ante tal espectáculo el dolor de su Santísima Madre, cuyo corazón fue, no solamente herido, sino atravesado de una espada, de suerte que se le ha llamado, y lo es realmente, la Madre del dolor.

Aquel que no contento con la contemplación de los ojos, medite frecuentemente estos ejemplos de virtud. ¡cómo sentirá renacer en si la fuerza para imitarlos! Que la tierra sea para él maldita, que no produzca más que espinas y zarzas, que su alma sufra todas las amarguras posibles; que la enfermedad agobie su cuerpo, no habrá mal alguno, ya provenga del odio de los hombres, ya de la cólera de los demonios, ningún género de calamidad pública o privada que él no venza con resignación.

De él podrá decirse con razón: “Cumplir y sufrir mucho es propio del cristiano”. El cristiano, en efecto, aquel que es considerado a justo título como digno de este nombre, no puede seguir en vano a Cristo paciente. Hablamos aquí de la paciencia, no de esa vana ostentación del alma endureciéndose contra el dolor que manifestaron algunos filósofos antiguos, sino de la que, aplicando el ejemplo de Cristo que quiso sufrir la Cruz cuando pudo elegir la alegría, y que despreció la confusión (Hebreos XII, 2), y pidiéndole los auxilios de su gracia, no retrocede ante ninguna pena, las sobrelleva todas con regocijo y las considera un favor del cielo.

La fe católica ha poseído y posee todavía discípulos penetrados de esta doctrina, hombres y mujeres de todo país y de toda condición, dispuestos a sufrir, siguiendo el ejemplo de Cristo, todas las injusticias y todos los males por la virtud y por la Religión, apropiándose más aún el ejemplo de la palabra de Dídimo: “vamos también nosotros, y muramos con Él” (Jn X, 16). ¡Que los ejemplos de esta admirable constancia se multipliquen cada vez más, y la fuerza de los Estados y la gloria de la Iglesia crecerán incesantemente!


Olvido de los eterno.

La tercera especie de males a que es preciso poner remedio es, sobre todo, propia de los hombres de nuestra época. Los de las edades pasadas, si bien estaban ligados de una manera a veces criminal a los bienes de la tierra, no desdeñaban enteramente, sin embargo, los del cielo: los más sabios de entre los mismos paganos enseñaron que esta vida era para nosotros una hospedería, no una morada permanente; que en ella debíamos alojarnos durante algún tiempo, pero no habitarla.

Los hombres de hoy, aunque instruidos en la fe cristiana, se adhieren en su mayor parte a los bienes fugaces de la vida presente, no solos como si estuviese borrada de su espíritu la idea de una patria mejor, de una bienaventuranza eterna, sino como si quisieran destruirla enteramente a fuerza de iniquidades. En vano San Pablo les hizo esta advertencia: “No tenemos aquí una morada estable, sino que buscamos una que hemos de poseer algún día”. (II Cor. V, 1).

Cuando se pregunta cuáles son las causas de esta calamidad, se ve, por descontado, que en muchos existe el temor de que el pensamiento de la vida futura pueda destruir el amor de la patria terrestre y perjudicar la prosperidad de los Estados. No hay nada más odioso y más insensato que semejante convicción. Las esperanzas eternas no tienen por carácter absorber de tal manera a los hombres que los aparten por completo del cuidado de los bienes presentes. Cuando Cristo mandó buscar el reino de Dios, dijo que se le buscase primero; pero no que se dejase todo lo demás a un lado.

El uso de los objetos terrestres y los goces permitidos que de ellos se pueden sacar, no tienen nada de ilícito, si deben contribuir al acrecentamiento o a la recompensa de nuestras virtudes, y a la prosperidad y la civilización progresiva de la patria terrestre al manifestarse de una manera esplendida en el mutuo acuerdo de los mortales, reflejando la belleza y magnificencia de la patria celestial. No hay en esto nada que no convenga a seres dotados de razón, ni que sea opuesto a los designios de la Providencia, porque Dios es a la vez el autor de la naturaleza y de la gracia, y no quiere que la una sea opuesta a la otra, ni que haya entre ellas conflicto, sino que celebren en cierto modo un pacto de alianza para que, bajo su dirección, lleguemos un día por el camino más fácil a aquella eterna felicidad a que fuimos destinados.

Pero los hombres egoístas dados a los placeres que dejan errar todos sus pensamientos sobre los objetos terrestres, y no pueden elevarse a mas altura, en lugar de ser movidos por los bienes de que gozan a desear más vivamente los del cielo, pierden completamente la idea misma de la eternidad, y van a caer en una condición indigna del hombre. En efecto, el poder divino, no puede herirnos con pena más terrible que dejándonos gozar de todos los placeres de la tierra, pero olvidando al mismo tiempo los bienes eternos.


Remedio en los Misterios gloriosos.

Evitará completamente este peligro, aquel que se dé a la devoción del Rosario y medite atenta y frecuentemente los misterios Gloriosos que en él se nos proponen. En estos Misterios, ciertamente, nuestro espíritu toma la luz necesaria para conocer los bienes que no ven nuestros ojos, pero que Dios, Nos lo creemos con firme fe, prepara a aquellos que le aman (Rom. VIII, 28). Así aprendemos que la muerte no es un aniquilamiento que nos arrebata y nos destruye del todo, sino una emigración, y, por decirlo así, un cambio de vida.  Nos percibimos claramente que hay una ruta al cielo, abierta para todos, y cuando nosotros veamos a Cristo resucitar, nos acordaremos de su dulce promesa: “yo voy a prepararos el lugar” (Jn. XIV, 2). Nos creemos ciertamente que vendrá un tiempo en que Dios “secará todas las lágrimas de nuestros ojos, en que no habrá más luto, ni quejidos, ni dolor, sino que estaremos siempre con Dios, parecidos a Dios, pues que le veremos tal cual es, gozando del torrente de sus delicias, conciudadanos de los Santos” (Apoc. VII, 17; XXI, 4; Act. XVIII, 29; I Juan III, 2), en comunión bienaventurada con María, su madre, y nuestra poderosa Reina. 

El espíritu que considere estos misterios, no podrá menos de inflamarse y de repetir esta frase de un hombre muy santo: “¡qué triste y pesada es la tierra cuando miro el cielo!” él gozará del consuelo de pensar que una tribulación momentánea y ligera nos conquista una eternidad de gloria (II cor. IV, 17). Este es, en efecto, el único lazo que une el tiempo presente con la vida eterna, la ciudad terrestre con el cielo; ésta la única consideración que fortifica y eleva las almas. (León XIII, Laetitiae Sanctae. 8-IX-1893) 

“Ciertamente la acción de Cristo se hace sentir en el Rosario de una manera poderosa. Consideramos y meditamos su vida privada en los misterios gozosos, la pública, hasta la muerte entre los mayores tormentos, y la gloriosa que, después de la resurrección triunfante se ve trasladada a la Eternidad, donde está sentado a la diestra de Dios Padre” (Fidentem Piumque, León XIII, 20/09/1896)

“Pues plugo al padre hacer habitar en Él toda la plenitud, y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. I,19) 


Pidamos, entonces, a Nuestra Señora del Rosario, la Virgen María, aparecida en Fátima, hoy hace 109 años, que perseveremos en el rezo cotidiano de su Santo Rosario para pedir que se cumpla en nosotros y en el mundo entero esas palabras del Canon de la Misa que dicen: “Da propitius pacem in diebus nostris”. “Danos propicio, paz en nuestros días, para que, ayudados con el auxilio de tu misericordia, seamos siempre libres de pecado y seguros de toda perturbación”.  (Cannon Missae).



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