Invención o Hallazgo de la Santa Cruz
Conm, Domingo IV de Pascua. Doble de II Clase - Orn. Rojo.
Después de la insigne victoria del Emperador Constantino sobre Majencio, por la cual aceptó la Cruz del Señor como algo divino, Helena, madre de Constantino, habiendo sido advertida en sueño, fue a Jerusalén a fin de encontrar la Cruz de Cristo; donde una estatua de Venus de mármol, que había sido puesta por los gentiles en el lugar de la Cruz, para quitar la memoria de la Pasión de Nuestro Señor, estuvo allí cerca de ciento ochenta años hasta ser derrumbada. Y lo mismo se hizo en el lugar de nacimiento del Salvador con una estatua de Júpiter, y en el lugar de la Resurrección fue puesta una estatua de Adonis. Purgado el lugar de la Cruz, después de profundas excavaciones fueron encontradas tres cruces y el Titulo de la Cruz del Señor aparte, que no parecía haber estado fijo en ninguna de las tres cruces. La duda proporcionó un milagro, pues Macario, obispo de Jerusalén, haciendo oración a Dios, tocó con las tres cruces a una mujer que padecía una grave enfermedad que no podía ser curada por nadie, y luego de ser tocada por la Tercera Cruz fue sanada. Helena construyó una magnifica iglesia en el lugar donde fue encontrada la Santa Cruz, guardando una parte de la Cruz adentro de un cofre de plata, y la otra parte se la envió a su hijo Constantino, la cual fue puesta en Roma en la Iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén, edificada en las murallas de Sesoriano. Mandó también a su hijo los Clavos de los cuales había estado pendiente el Santísimo Cuerpo de Jesucristo. Desde entonces Constantino sancionó una ley, ordenando que no fuera impuesto a nadie el suplicio de la cruz. Así fue como, la que antes era motivo de oprobio para los hombres (la Cruz), comenzó a ser venerada y glorificada. (Breviario Romano).
3 de Mayo, Domingo IV después de Pascua.
Jesús, que es la alegría de los corazones, tiene que desaparecer de nuestra vista e ir a las mansiones de la gloria. Anuncia hoy su próxima Ascensión, y para que no se entristezcan demasiado por su partida, les dice que ella es necesaria, porque así les enviará el Espíritu Consolador, que les dará el don de ciencia y de sabiduría, y les hará entender todas las cosas. A primera vista parece extraña la conexión que leemos en el Evangelio, entre la partida de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo, como si la presencia de N. S. fuera un impedimento para aquella venida. La razón está en las ilusiones fantásticas de un mesianismo terreno que los Apóstoles acariciaban y que no habían de abandonar hasta que Jesús se les quitase de delante. La Epístola nos habla de la gracia y de nuestra libre cooperación a ella, que son los dos elementos necesarios para la obra de nuestra salvación y santificación. La gracia lo es todo, pero sin nuestro libre consentimiento y cooperación quedará ineficaz la acción de la gracia.



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