SS. Pío XII
LOS FARISEOS Y LA TRADICIÓN
por
S. E. R. Pío Espina Leupold
“Acceserunt ad Jesum ab Jerosolymis scribis et pharisaei, dicentes: quare discipuli tui transgrediuntur traditionem seniorum?”
“Se acercaron a Jesús algunos escribas y fariseos venidos de Jerusalén, los cuales le dijeron: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los antepasados?” (S. Matt. XV)
“Mira pharisaeorum scribarumque stultitia. Dei Filii arguunt quare hominum traditiones et praecepta non servet.”
“Es de admirar la necedad de los fariseos y de los escribes. Arguyen al Hijo de Dios por qué no sirve a los preceptos y tradiciones de los hombres.” (S. Jerónimo.).
En estos tiempos calamitosos que por providencia de Dios nos han tocado vivir, vemos, no sin mucho dolor, que no pocos, aún dentro de las filas de los que tratan o, al menos así dicen, de conservar la fe incontaminada de la Iglesia Católica tal como fue fundada por el Señor Jesús, contra los errores del modernismo, que bajo el nombre de “conservar la tradición de la Iglesia” caen en el grosero error que ya en la época de Nuestro Señor cayeron los escribas y fariseos.
La Iglesia Católica es de fundación divina, Una, Santa, Católica y Apostólica; es inquebrantable; es indefectible; es infalible; es, en su esencia, indisminuible, puesto que en el número de fieles puede aumentar o disminuir.
La Iglesia es divina, porque su fundador es El Señor Jesús, Dios- Hombre y es su Cuerpo Místico.
La Iglesia es Una, porque el Nuestro Señor no fundó sino una sola Iglesia que sería medio único de salvación hasta el fin de los tiempos.
La Iglesia es Católica, en cuanto que es universal (es el significado de la palabra) no solo en el tiempo (“hasta la consumación de los siglos”), sino también en el espacio. Desde el oriente al occidente y desde el septentrión hasta el austro es la misma Iglesia, la misma fe, la misma moral.
La Iglesia es Apostólica porque Nuestro Señor la fundó sobre el fundamento de los apóstoles, y sobre todo sobre la Roca de Pedro.
Es inquebrantable, porque su fundador ya ganó la batalla y la Iglesia no puede salir sino victoriosa de todas sus luchas, aunque humanamente, a veces parezca lo contrario.
Es indefectible, en cuanto que no puede tener defecto, porque es inmaculada en la Fe y en la Moral, sin que eso signifique que, desgraciadamente, haya muchos de sus miembros y, mismo de sus ministros, que no sean del todo buenos o, aún, muy indignos.
Es infalible, porque, así como no puede tener defecto, tampoco puede enseñar el error en fe y costumbres. Y esta infalibilidad en la Iglesia la posee de manera suma e irrenunciable, el Sumo Pontífice, que es el verdadero Vicario de Cristo, o, en otras palabras, el que hace las veces de Él.
Estos puntos deben ser de conocimiento esencial para todos los fieles de la Iglesia, porque su desconocimiento trae gravísimos peligros para la integridad de la fe.
En nuestros días vemos que, no pocos que están en contra de los groseros errores del modernismo del concilio vaticano II, caen en no menos importante error, que es el desconocimiento de la esencia misma de la Iglesia que acabamos de describir. Defienden la validez y legitimidad de los “papas” promotores del modernismo, pero no les obedecen, y aún dentro de la estructura que ellos piensan que es la Iglesia, comenten errores gravísimos como es la consagración episcopal sin mandato apostólico y aun en contra de la voluntad explícita de aquel que ellos reconocen como Romano Pontífice; o aún dentro de las filas de los que no reconocen la validez de los “papas” del vaticano II, llamados sedevacantistas, que aun reconociendo la autoridad de los verdaderos Papas de la Iglesia, anteriores al concilio vaticano II, rechazan y se atreven a juzgar las decisiones tomadas por la Santa Sede hasta la muerte de Pio XII, con una libertad que está muy lejos de ser sana. Como otrora los fariseos del evangelio citado, defienden “la tradición” en contra de la tradición verdadera y de la misma Ley de Dios.
Hay una anécdota del Concilio Vaticano I, bajo Pio IX, en la que se cuenta que un cardenal se llenaba la boca de argumentos en contra de las decisiones que se habían de tomar, defendiendo supuestamente la “tradición” de la Iglesia, al cual se dirigió el Papa Pio IX y le argumentó diciendo más o menos las siguientes palabras “Su excelencia, Yo soy la tradición de la Iglesia”
¿En qué parte de la doctrina, magisterio y tradición de la Iglesia apoyan éstos su posición de reconocer la autoridad de un Sumo Pontífice y resistirle en franca desobediencia las ordenes que emanan de su reconocida autoridad?
¿En qué parte de la historia de la Iglesia podemos encontrar una congregación, comunidad y o persona particular que sea ejemplar y santa por oponerse al Sumo Pontífice?
Por defender la “tradición” contrarían la verdadera Tradición de la Iglesia.
Canon 1556: La Primera sede por nadie puede ser juzgada.
Pero es evidente que todos estos que se llaman a sí mismos defensores de la tradición de la Iglesia juzgan al que dicen ser el Papa, por tanto, van en contra de la Tradición de la Iglesia.
El Sumo Pontífice es el vicario de Cristo, el que hace las veces de Él, el verdadero sucesor de San Pedro, que obtiene en su elección válida y su libre aceptación del cargo, todas las prerrogativas del sumo Pontificado (Vacantis Apostolicae Sedis, Pío XII, 8 de diciembre de 1945), por lo tanto, desde ese momento, de manera irrenunciable y mientras dure su pontificado, es infalible en cuestiones de fe y costumbre, tanto en su magisterio extraordinario, como en su magisterio ordinario universal (Canon. 1323). A él se le debe obediencia, de tal manera que el que rehúsa someterse al Romano Pontífice o se niega a comunicar con los miembros de la Iglesia que le están sometidos, es cismático (Canon 1325 #2).
Es evidente que, si la jerarquía de la iglesia del concilio vaticano II es válida y legitima, el católico debe someterse a ella y obedecer las disposiciones que de ella emanan.
También es evidente que la iglesia del concilio vaticano II contiene errores que contrarían la doctrina de la Iglesia Católica de manera clara y contundente.
Debemos preguntarnos si la iglesia del concilio vaticano II y su jerarquía es la Iglesia Católica o no; si puede la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo enseñar el error o no, si puede el Sumo Pontífice errar en cuestiones de fe y costumbre o no. La respuesta ya la sabemos, no puede.
Entonces el razonamiento es muy sencillo y claro.
El Papa no puede errar en fe y costumbres, pero
Los “papas” del vaticano II erraron, luego
Los “papas” del concilio vaticano II no son Papas.
Cuando se nos acusa de no obedecer al Papa y de no amar al sumo Pontificado debemos contestar que es por obediencia a los verdaderos Papas, por amor al Sumo Pontificado, y verdadera devoción al Sumo Pontífice que debemos rechazar a los impostores desde el vaticano II que están, de alguna manera, ocupando un lugar que no les pertenece. De hecho, algo que debe destacarnos y ser el motivo de nuestras luchas como verdaderos católicos es la defensa de los Papas verdaderos de la Iglesia Católica hasta la muerte de S.S. Pio XII, de su magisterio y de su disciplina, pues todo eso comprende la verdad católica y su verdadera tradición.
A.M.D.G.


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