Doble de II Clase. Orn. Blancos.
Conm. Domingo XXII de Pentecostés.
Terminada la era de las persecuciones, sale la Iglesia de las Catacumbas, se rodea de arte y magnificencia la liturgia y aparece en público, esplendoroso y ferviente, el culto cristiano. La Roma cristiana ha sepultado a la Roma pagana; la santidad y grandeza del Pontificado ha eclipsado el brillo del imperio. Sobre el monte Celio se alzaba en Roma el palacio imperial, llamado Laterano (Letrán), el cual el emperador Constantino entregó a San Silvestre para morada de los Papas.
Allí se edificó la Catedral del Romano Pontífice, que vino a ser, por tanto, la Iglesia Madre y Cabeza de todas las Iglesias del mundo. Al consagrarla el Papa San Silvestre el 9 de noviembre del año 324 la dedicó a Nuestro Señor Jesucristo, con el título de Santísimo Salvador, no solo porque se dejó ver su imagen pintada milagrosamente en la pared, sino porque Jesucristo es la cabeza de la Iglesia. Vulgarmente es conocida con el nombre de San Juan de Letrán, por tener adjunto el celebérrimo baptisterio consagrado a San Juan Bautista, que aún guarda la forma y magnificencia primitiva. En esta basílica Lateranense se ha realizado cinco concilios ecuménicos, y a su lado está el palacio, residencia particular de los Papas durante muchos siglos. Después el monte Vaticano suplantó el monte Celio.
Siendo esta Iglesia la que en punto de consagración tiene la preeminencia; aquella donde el nombre de Jesucristo se predicó la primera vez francamente y con plena libertad; aquella donde la fe triunfó gloriosamente de todas las persecuciones y de todo poder del paganismo armado contra ella; aquella donde en esta dedicación ostentó a los ojos de todo el mundo el más magnifico, el más augusto triunfo que se vio jamás en la tierra era justo que todos los años se renovase su memoria para rendir al Todopoderoso por tan señalado beneficio, y este es el asunto de la presente solemnidad.

Domingo XXII después de Pentecostés.
Hacía más de medio siglo que los romanos dominaban en Palestina. De ellos había recibido Herodes la tetrarquía de Galilea. De aquí que el romano, como yugo extranjero y pesado, era odioso a los israelitas, los cuales esperaban un Mesías guerrero y triunfador que los librara de su dominación. Pero tal es la rabia de los fariseos contra Jesús, que no vacilan en buscar en su ayuda a los ministros de Herodes, para tenderle un lazo, y juntos van y le dicen: “Maestro, tu que eres veraz… dinos: ¿es justo pagar tributo al Cesar o no?” Si decía que sí, ofendía al pueblo, que odiaba al yugo romano; si decía que no se indisponía con los romanos y Herodes, que podían tomarlo como rebelde al poder constituido y acusarle de revolucionar al pueblo. Jesús destruye al instante la falacia y les da una lección importante. Dos monedas circulaban en Palestina: una con la imagen del Cesar e inscripción romana y servía para pagar el tributo y negociar con los pueblos sometidos a Roma; otra con inscripción hebrea, para transacciones internas. Por eso le dice Jesús le muestre la moneda, y al ver la imagen del Cesar les responde den las Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios. Pero al mismo tiempo nos enseña con ello que es obligación de conciencia el obedecer a las autoridades legitimas y la de pagarles todos los tributos justos, pues toda autoridad legítima viene de Dios. Así también hay estricta obligación de obedecer los preceptos religiosos, ya emanen directamente de Dios o procedan de la legítima autoridad eclesiástica.


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