Día 22 de octubre, domingo XXI
de Pentecostés
Doble. Orn.
Verdes.
Nos exhorta el Señor a perdonar generosamente las injurias, las ofensas de nuestros prójimos. Habla del perdón de las injurias personales, y por lo que respecta a la disposición de ánimo, no precisamente a abandonar la legítima defensa de nuestros intereses y de nuestra fama.
Para esto debemos desterrar el espíritu de venganza: primero, por el mandato y ejemplo de Jesús: “Yo os digo: amad a vuestros enemigos” (S. Mateo 5, 44) y en el alto del Calvario muere por todos y dice orando al Padre Eterno. “Padre mío, perdónalos…” (S. Lucas, 23, 34); segundo, por el ejemplo de los santos y de los mártires que morían rogando por sus verdugos; tercero, por nuestro provecho, porque en el Padrenuestro decimos: “Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
Nosotros, como el siervo malo, hemos malversado con frecuencia los dones que Dios nos confió; y al ser llamados a dar cuenta de nuestra administración, en vistas de nuestras malas obras, no hemos tenido otro recurso que implorar la misericordia de Dios, que nos enseña a ser misericordiosos con los demás.
27 de Octubre: Dedicación de la Iglesia Metropolitana –
Proprio de Córdoba
Dios ha querido siempre que se levanten altares y se le consagren lugares donde el pueblo pueda reunirse a rendirle oficialmente público el culto que se le debe.
Nuestros templos, consagrados solemnemente al culto divino son lugares santos, casa de Dios, consagrados a la oración y a la celebración de los divinos oficios. Nos han de merecer, pues, el mayor cariño y reverencia.
A ejemplo de Salomón, y por la dignidad de la casa de Dios, quiere la Iglesia que, en nuestros templos, como en aquel de Jerusalén, resplandezca la riqueza, belleza, grandiosidad y arte, que en ninguna cosa están mejor empleadas que en honrar al Señor de todas ellas. El templo de Dios debiera ser, en cada ciudad, el más bello, más grandioso, más hermoso de todos los edificios públicos. Lo contrario arguye falta de fe y sobra de materialismo en las ciudades modernas, que mientras levantan grandiosos edificios y derrochan en ellos riqueza y arte para asiento de negocios, centros de placer y hasta de vicios, escatiman y retacen y niegan todo a la casa de Dios.
Ningún edificio público es de tanta dignidad y respeto como el sagrado templo, y ninguno es tan de verdad la casa de todos, la casa del pueblo.
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